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03/05/2016 - Alberto G. Ibáñez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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¡Es la historia, estúpidos!
Si la economía es un estado de ánimo, resulta obvio que en ella influye el concepto de autoestima colectiva que una sociedad tenga de sí misma

Bill Clinton —o más bien su asesor James Carville— durante la campaña electoral que mantuvo con Bush (padre) en 1992, empleó una frase que se haría famosa: ¡Es la economía, estúpido! Clinton ganaría las elecciones, de forma sorprendente, gracias en parte esa frase “mágica, ocurrente y recurrente, y desde entonces todos los intelectuales, sociólogos y gurús electorales la han hecho suya.

Pues bien, en estas líneas mantendremos una tesis alternativa en referencia a nuestro país que en realidad es doble: por un lado, sostenemos que uno de los elementos más relevantes para que la economía de un país funcione adecuadamente es el concepto que se maneje de su Historia, es decir su imagen colectiva; y, en segundo lugar, que la razón por la que España atraviesaen la actualidad una profunda crisis política, económica, ideológica y social se debe, al menos en gran parte,ala versión dominante acomplejada, sectaria, victimista y, sobre todo, falsa que se ha impuesto sobre nuestro pasado. Este es nuestro verdadero hecho diferencial y no los otros inventados por oscuros intereses disgregadores.

Si la economía es un estado de ánimo, resulta obvio que en ella influye el concepto de autoestima colectiva que una sociedad tenga de sí misma. La falta de un sentimiento profundo de pertenencia orgullosa a una sociedad integrada—eso que en otros lares se denomina sin complejos como “patriotismo”— supone un verdadero hándicap competitivo con otros países, el cual se traduce en efectos económicos contantes y sonantes. En otras palabras la falta de un patriotismo sano, moderno e integrador, digno de tal nombre, afecta negativamente a nuestro PIB, y por ende al mantenimiento de nuestro propio Estado de Bienestar, aunque algunos de los que presuntamente más lo defienden no se percaten de estasencillaecuación. ¿Saben qué lema figura todavía hoy en la puerta de Carlsberg, la empresa cervecera danesa más importante del mundo? “¡Trabajamos por la patria!” Aquí, por el contrario, queremos quitar ese lema hasta de las casas-cuarteles de la Guardia Civil.

¿Y cómo hemos llegado a ser el único país de aspira a situarse entre las potencias que cuentan en el mundo que carece de una visión orgullosa de su pasado? ¿Es acaso porque hemos sido peores que otros? ¡Al contrario! España ha sido la protagonista  de la mayor gesta que haya realizado el ser humano en la historia conocida —tanto en términos de riesgos asumidos, de dificultades de todo tipo, como de relevancia histórica—, nada más y nada menos que unificar el globo terráqueo. Del mismo modo, ha sido la impulsora del mayor Imperio conocido por la Humanidad (con territorios en los cinco continentes) y de mayor duración. ¡Por algo sería!

¿Cometimos errores? Sin duda, pero no mayores que otros. Sólo la mayor campaña de intoxicación y desinformación lanzada contra un país en la Historia (la conocida como leyenda negra) ha podido hacer pensar lo contrario a los incautos. Es más, comparados con otros Imperios el nuestro hizo mayores aportaciones para los ciudadanos de los territorios de ultramar, que siempre fueron además considerados en pie de igualdad con los de península: todos ellos súbditos de la corona. Todos los países han tenido y sufrido guerras de religión, todos han tenido y sufrido dictadores que se han apropiado de sus símbolos, todos han tenido épocas de luz y de sombras, pero sólo uno de ellos, España, sigue a estas alturas del siglo XXI haciendo un uso lastimero de su Historia que se traduce en pesimismo y melancolía.

Tomemos dos fechas como ejemplo: 1812 y 1898. En la primera España aprueba la primera Constitución liberal de la Historia (en la que habían participado representantes de todos los territorios), al tiempo que derrotaba, por primera vez, al Ejército invasor más potente de la época al mando de un dictador que acababa de coronarse a sí mismo como Sacro Emperador, dando así muerte de facto a la revolución francesa. Cierto que luego vino un rey Fernando VII impresentable que lo fastidió todo, pero cierto también que fue ayudado en esa tarea una vez más por el mismo ejército que nos había invadido previamente (en esta ocasión los llamados, cien mil hijos de San Luis). Pues bien, ¿cuál es la visión que ha quedado y que todavía defienden ingenuamente incluso algunos de nuestros más reputados intelectuales? Que los buenos eran los franceses (¿los mismos que acabaron con el trienio liberal?) y que nosotros no tenemos remedio. En efecto, no aprenderemos nunca de nuestros vecinos a cómo maquillar nuestra Historia según interese. Porque ¿qué imagen ha quedado por el contrario de ese general al que odió toda Europa, que murió desterrado y que ocasionó millones de muertes de franceses y europeos? Pues un complejo funerario suntuoso en “Les Invalides” para mayor gloria del ahora reconvertido en“gran estadista”. Sírvase hacer la sencilla comparación con nuestro modesto Panteón de hombres ilustres en el antiguo Convento de Nuestra Señora de Atocha en Madrid. ¿Casualidad? No, los franceses (y el resto de “grandes” naciones) saben lo importante que es crear un sentimiento de orgullo nacional y saben cómo utilizar (todas) las armas para hacerlo.

En 1898 España perdió Cuba y Filipinas. Se trataba de dos territorioslejanos de ultramar que resultaba cada vez más costoso mantener. La pérdida en todo caso fue debida a la intervención torticera de otra gran potencia con ventaja competitiva dada su mayor cercanía a esos archipiélagos—los EEUU—, si bien no tuvo reparos a añadir a esa ventaja “objetiva”, la explosión interesada del crucero Maine y una campaña de intoxicación informativa entre la población de ambas islas, recuperando para ello ¡la leyenda negra! ¿Reacciónpolítica y social en España? Gran crisis de autoestima nacional, golpes de pecho y pesimismo colectivo, incluso entre nuestros mejores intelectuales, que dio nombre incluso a toda una Generación (de 1898). En las mismas fechas, tras la guerra franco-prusiana de 1870, Francia perdióa manos de Alemania, Alsacia y Lorena, dos partes que considerabaninseparables de su territorio ¿Reacciónpolítica, social e intelectual? Gran campaña contra Alemania y reivindicación del orgullo nacional herido a manos de una potencia perversa extranjera culmen de todos los males y defectos.

Si a todo esto unimos que: somos el único país que ha aceptado que su historia la escriban preferentemente extranjeros, los célebres “hispanistas” y los “curiosos impertinentes” (busquen a ver si encuentran “anglicistas” o “francistas”), aunque ciertamente los haya mejores y peores; el único donde no existe un programa unificado del estudio de nuestra Historia en la escuela (un informe elaborado a este respecto por la Real Academia de la Historia que denunciaba este hecho en el  2000 ¡tuvo que ser anónimo!); el único que no cuenta a estas fechas con un Panteón de personaje ilustres merecedor de ese nombre (en la Abadía de Westminster de Londres cobran 30 libras por visitarla y ¡hay cola!); el único que asiste impasible a la falsificación de su historia a manos de presuntos historiadores a sueldo de gobiernos separatistas…, pues verdaderamente resulta un milagro que España siga existiendo como nación. O tal vez deberíamos estar de acuerdo con el canciller Bismark y pensar que si hemos resistido ante tanta estupidez, ignorancia e ingenuidad, sólo puede tratarse de la nación más fuerte del mundo.

Pero no es tiempo de complacencias ingenuas, sino de reaccionar. Cuando hoy desde institutos autonómicos de presunta “nueva historia”se intenta defender que todo lo bueno que ha hecho España ha sido gracias sólo a una parte de ella, y todo lo malo lo han hecho lo demás; cuando se desprecia la riqueza cultural y económica que supone contar con la segunda lengua más hablada del mundo; cuando está de moda no sentirse español o cagarse en la bandera (sin necesidad de ser para ello separatista)…, es tiempo de reivindicar nuestro pasado y nuestros logros colectivos.

Para ello podemos empezar por supuesto por valorar adecuadamente la transición de 1978, pero sin olvidar mucho otros hechos y nombres memorables, como por ejemplo que: sólo siendo modelo de extraordinaria eficacia y eficiencia pudimos mantener un imperio de colosales distancias; o que las Cortes de León son la cuna del parlamentarismo europeo (cuando no los Concilios de Toledo de la época goda), y no otras; o que el siglo XVI lo protagonizó España no sólo en términos militares, sino también en materia de innovación tecnológica y doctrina filosófica (por eso no es casualidad que nuestros competidores lo obvien o intenten cambiar la metodología para apropiarse de él);o que fueron algunos españoles (olvidados) los protagonistas de algunos de los inventos más importantes; o que fueron otros españoles (no menos olvidados y despreciados)los protagonistas de las mayores gestas militares y de exploración geográfica de la Historia, a pesar de que la fama  se la lleven injustamente otros;o que ha sido Bazán y no Nelson el mejor marino de la Historia;o que cuando Humboldt visita México pocos años antes de su independencia se queda asombrado de su progreso económico, de sus avances tecnológicos y de que no hubiera corrupción entre sus dirigentes…

Es tiempo de reaccionar, por interés individual y colectivo, sí, pero también por sentido de la verdad y la justicia. Hay una Historia que nos une y nos hace más fuertes, que da la casualidad que es la verdadera, y otra que nos divide y nos debilita que resulta ser falsa. Podemos estar seguros de cuál prefieren que triunfen nuestros adversarios y competidores, pero ¿y nosotros? Es hora de tomar partido. De que elijamos bien depende el futuro y bienestar de nuestros hijos. Hay tarea.

Doctor en Derecho y en Ciencia de las Religiones Miembro del Club Legado Hispano









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