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17/02/2016 - Redacción Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Blas de Lezo.
La insigne y emblemática figura de Blas de Lezo
Desde el punto de vista de Cesáreo Fernández Duro

Reducidas casi a la nulidad nuestras fuerzas navales en el desastroso reinado de Carlos II, era poco el auxilio de las de Francia para luchar contra Inglaterra y Holanda, las dos potencias marítimas más fuertes del mundo, a la sazón y sostener los derechos que el testamento de aquel monarca daba al nieto de Luis XIV. Muy luégo se sintieron los golpes de los aliados en la bahía de Cádiz, en el puerto de Vigo y en la plaza de Gibraltar, capturada en nombre del archiduque Carlos.

Para el intento de recobrarla se ordenó un armamento extraordinario en el arsenal de Tolon, aumentándolo el Conde de Fuencalada y el Duque de Tursis, jefes de las reliquias de la marina española, para formar la escuadra que se puso a las órdenes del Conde de Tolosa, hijo natural del Rey de Francia. El 24 de agosto de 1704, navegando hacia el Estrecho, avistó sobre las aguas de Málaga a la anglo-holandesa, empeñándose el combate con obstinación. Perdieron los últimos dos navíos y 1.400 hombres, siendo 1.500 las bajas de españoles y franceses, y ambas partes se atribuyeron la victoria.

En este combate inauguró su carrera el guardia marina don Blas de Lezo, que habiendo nacido en Pasajes el año de 1687, terminó por entonces los estudios y obtuvo plaza en la capitana que arbolaba la insignia del mismo Conde de Tolosa.

Bautizo de sangre suelen llamar los militares a la ocasión primera en que contribuyen a verterla y fue bautizo de los más solemnes el del guardia marina, que una bala de cañón le llevó la pierna izquierda, viéndola separarse de su cuerpo con una serenidad tan poco común en su edad y circunstancias, que mereció elogios del Almirante, consignados en cartas que dirigió al paciente, acompañando testimonio de su valeroso comportamiento. De él dio cuenta especial también al Rey, que atendió la recomendación y promovió a Lezo al empleo de alférez de navío.

Con menos afición a la mar que la de Lezo, heredero del espíritu de aquellos vascos, sus paisanos, que hicieron del Océano patrimonio, hubiera sido el contratiempo motivo honroso para tomar puesto entre los inválidos y para solicitar de la corte empleo más tranquilo y aprovechado que el de los bajeles; pero el novel alférez debió pensar que la falta de una pierna no fue óbice para que el almirante holandés Cornelisz Jolls, por ella denominado Pie de palo, acometiera empresas que la fama pregona. Ello es que acudió al mismo recurso y continuó en el servicio activo, concurriendo a otras acciones de guerra en las costas de Francia, España e Italia, como el ataque e incendio del navío inglés Resolución, de 70 cañones y el apresamiento de otros dos, con uno de los cuales entró en el puerto de su naturaleza. Por ellos y por la distinguida parte que alcanzó en el socorro de las plazas de Peñíscola y de Palermo ascendió a teniente de navío y fue destinado a Tolon, donde se mantuvo hasta que el Duque de Saboya invadió el puerto y sitió el Castillo de Santa Catalina, en cuya defensa fue nuevamente herido, perdiendo el ojo del mismo lado que la pierna.

La bizarría, tan costosamente acreditada, le valió el mando y dirección de varios convoyes con municiones y pertrechos que desde Francia se enviaban a Felipe V, acampado sobre Barcelona mientras la bloqueaban estrechamente los ingleses. Las más de las veces logró introducirlos por sorpresa y maña; en otras llamó sobre su buque la atención y el fuego de los cruceros para librar paso a los del cargamento, y en una se vio obligado a incendiar una parte de los bajeles para salvar los demás, abriéndose camino en medio de las llamas y de la sangre, porque sin prodigarla logró verse en el lugar deseado.

Hay que decir que con tanta rapidez como los cortes iban los ascensos: a los seis años de servicio y veinte y siete de edad, en 1710, era capitán de fragata y mandaba una de las de la Armada Real, con tanta justificación, que en poco tiempo hizo once presas, la menor veinte cañones, y entre ellas el navío inglés Stanhoppe, en cuyo combate desigual recibió varias heridas. Capitán de navío en 1712, sostuvo repetidos combates en el segundo sitio de Barcelona, a costa de un brazo que se agregó a las segregaciones de su persona, que quedó más propio para seguir al frente de escenas de horror que para adornar el séquito de la reina doña Isabel de Farnesio, que por entonces vino a España desde Génova en la escuadra que mandaba don Andrés de Pes y de la que Lezo formaba parte.

Con la misma, y un ejército de 10.000 hombres, se emprendieron después las operaciones que dieron por resultado la feliz recuperación de Mallorca. El navío Lanfranco, de Lezo, pasó entonces a convoyar las flotas de galeones en su viaje a Nueva España, y de allí, con otros dos navíos y una fragata, dirigidos por el general don Bartolomé de Urdiasu, dando vuelta al continente colombiano, montó el Cabo de Hornos y penetró en el Pacífico, teatro de las depredaciones de corsarios y contrabandistas, que tenían aterrados a los vecinos de las costas.

Siete años de continua navegación, de privaciones y de combates produjeron en la escuadra numerosas bajas, en cuyo número se contaron los dos jefes: en la salud de Lezo no había novedad; parecía su cuerpo de naturaleza distinta a los demás, tan fuerte contra las variaciones rigurosas del clima y la escasez de alimentos y comodidades, como lo había sido y seguía siendo contra hierro y fuego. El 16 de febrero de 1723 recayó en él la sucesión del mando de la escuadra y el generalato del mar del Sur, y desde el momento se multiplicaron los cruceros, escarmentando la insolencia de ingleses y holandeses en frecuentes combates apresando un navío de los primeros en obstinado encuentro, que duró ocho horas y en que el enemigo contaba con fuerzas superiores, y acabando al fin por extinguir la piratería y los desórdenes en aquel mar.

Cumplida esa misión, volvió a Europa en 1730 y hallándose la corte en Sevilla, se presentó al Rey, teniendo la satisfacción de oír la completa aprobación de sus actos y de recibir, en premio de sus servicios y como prueba del aprecio que merecía a Su Majestad, el ascenso a jefe de escuadra con la circunstancia especial de contársele la antigüedad de tal desde el día en que tomó posesión del mando del mar del sur, o sea de 7 años antes, y con la perspectiva de descansar algunos meses sobre la madre tierra, por primera vez desde que comenzaron sus servicios.

En 1731 estaba de nuevo en la mar mandando la escuadra del Mediterráneo, encargada de apoyar la posesión que el infante don Carlos debía tomar de los Estados de Italia. Concluida esta comisión, recibió otra harto más delicada, la de exigir de la República de Génova satisfacción por algunos procedimientos de que nuestra corte estaba resentida. Sin perder tiempo, entró con seis navíos en ese puerto, y por primera indicación exigió que la República hiciese a la bandera de España un saludo extraordinario y que se enviarán a bordo de su escuadra dos millones de pesos duros que estaban depositados en el Banco de San Carlos. Sorprendió el Senado con tales demandas, trató de ganar tiempo indicando que todo se trataría por los acostumbrados procedimientos de notas; pero don Blas, con diplomacia alquitranada, replicó verbalmente mostrando su reloj y asegurando que si transcurridas ciertas horas no empezaba el saludo y recibía los dichos millones, rompería el fuego contra la ciudad. A los pocos días, con general asombro, daba cuenta de estar cumplidas las órdenes que había recibido, y desembarcaba en Alicante el dinero, que en parte se destinó a la conquista de Orán.

También a esta empresa, más trabajosa por los embarcos y desembarcos de tropa, pertrechos, municiones y víveres, por los convoyes y operaciones diversas, que por resistencia de los moros, concurrió Lezo: pero una vez concluida, alarmadas las potencias berberiscas con la toma de la plaza, se unieron para recobrarla, intentando un ataque simultáneo por mar y tierra, que empezó en noviembre de 1732, y el mismo Lezo acudió con 7 navíos, ahuyentó a los argelinos e introdujo socorro de candales y efectos. Con esto hubiera podido regresar al puerto de Cádiz, de donde había salido, y acaso hubiera hecho cualquier otro más escrupuloso en el estricto cumplimiento de los preceptos escritos. Lezo supo por confidencia reservada los proyectos de los enemigos y el paraje donde se hallaba la escuadra de Argel, cuya capitana era un navío de 60 cañones; concibió a su vez destruirla, y encontrándola, según el aviso, empezó a batirla sin pérdida de minuto; que es la diligencia en la mar condición de la que más favorece el éxito. Los berberiscos huyeron a toda vela y tomaron la ensenada de Mostagan, defendida por dos castillos que cruzaban los fuegos de la entrada y por 4.000 moros en ellos reunidos. Don Blas entró sin hacer reparo en lo temerario de su empeño y bajo el fuego vivísimo que de todas partes caía sobre su navío, rindió y quemó el argelino, batiendo a continuación y acallando las baterías, con gran pérdida de moros y turcos.

Puesto sobre Túnez al acecho de los refuerzos que Argel había pedido de Constantinopla, mantuvo un crucero infructuoso de cerca de dos meses, en cuyo tiempo, por avería de los víveres y falta de refrescos, se desarrolló en la escuadra una epidemia., de que adoleció el mismo general, causa que le obligó a dar la vuelta a Cádiz, si bien con la conciencia de haber excedido el cumplimiento del deber, como, en efecto, se le expresó en nombre del Rey, certificando la satisfacción de sus servicios con el ascenso a Teniente General de la Armada, que se firmó en junio de 1734 y el nombramiento de comandante general del departamento de Cádiz, para convalecencia de la grave enfermedad que padeció con la epidemia.

A principios de 1737, atravesó el Océano, encargado de la escolta de los galeones de Indias, de paso para ocupar el cargo de comandante del apostadero de Cartagena, que por su importancia en las relaciones de comercio con la península, no menos que por su situación, exigía estar en manos que supieran dar buena cuenta de su custodia en el caso probable de reanudarse las hostilidades con la Gran Bretaña.

Esta presunción fue realidad en noviembre de 1739 y las escuadras inglesas atacaron con preferencia las posesiones hispano-americanas, fijando principalmente su atención, como se suponía, en las plazas de la Habana y de Cartagena de Indias, aunque simularon con operaciones en otros puntos encubrir su verdadera intención. Por entonces, enfermó y murió el gobernador de Cartagena recayendo el mando de la plaza, juntamente con el de la escuadra, en Blas de Lezo. Pudo entonces imponerse el estado de imprevisor abandono en que se hallaban las fortificaciones y su armamento de artillería, escasa y mala, con pocas municiones y una existencia de pólvora que no pasaba de 3.300 libras. Poniendo en juego la febril actividad de su carácter, en pocos días, suplió con los recursos de los navíos a lo que faltaba; estos fueron situados para defender la Boca Chica o entrada del puerto, en ayuda de los castillos, cuya guarnición reforzó, poniendo exteriormente una cadena que previniera el acceso de brulotes.

Oportunamente acabados estos preparativos, se presentaron el 13 de marzo de 1740 ocho navíos ingleses que custodiaban dos bombardas; sondaron y desde el sitio que creyeron más a propósito arrojaron sobre la ciudad bombas, que incendiaron varios edificios, sin que el alcance de la artillería de la plaza, por toda su elevación, pudiera alcanzar a los agresores, hasta que desembarcada alguna de la escuadra y puesta en buena situación, obligó al enemigo a retirarse.

El 3 de mayo hicieron una segunda tentativa, llegando 13 navíos y una bombarda, que se limitaron a reconocimientos y amagos ya que la vigilancia del Gobernador no les consentía otra cosa, y en octubre del mismo año condujo los auxilios pedidos la escuadra del general Rodrigo de Torres, que también los llevaba para La Habana. Aunque siguió este viaje, cambió mucho la situación de la defensa sin que por esto llegara a ser del todo satisfactoria; además se alivió el paso de la responsabilidad que pesaba sobre el general de la Marina con la presencia de Sebastián de Eslava, virrey del nuevo Reino de Granada, que tomó el mando de las armas.

Pocos días habían pasado desde el que dio la vela don Rodrigo de Torres, cuando aparecieron en el horizonte y vinieron a fondear en la ensenada de Canoas 135 buques ingleses, cuya sola vista bien daba a entender que no era cuestión de escaramuzas, como las anteriores, la que los traía. Lezo se situó con los navíos en la Boca y puso guarnición de marineros en los castillos, obrando en todo de perfecto acuerdo con el Gobernador. y con resolución común de agotar todos los medios de resistencia en la gravísima crisis que empezaba el 15 de marzo de 1741.

Hasta el 18 emplearon los enemigos en reconocimientos, y el 20 situaron dos navíos a medio tiro de fusil de las baterías de Santiago y San Felipe, rompiendo un fuego tan repetido, que las deshicieron en pocas horas. Al mismo tiempo batieron los fuertes de San Luis y San José pero recibieron de ellos considerables baños de navíos. Las bombardas funcionaron sin interrupción, de día y de noche, contra los principales cuarteles de la ciudad y entre tanto fueron desembarcando las tropas y formando baterías en tierra, una de ellas de 12 morteros, con que molestaron mucho al castillo de San Luis, llave de la fortificación del puerto. Se vio claramente que el plan inglés era destruir o tomar dicho casillo, para ello a más de dicha batería de morteros, establecieron otra de 16 cañones de batir y relevándose los navíos cuatro a cuatro, sostenían por mar un diluvio de fuego, que la piedra no resistía.

El día 2 de abril iban ya escaseando las municiones en la escuadra y en el castillo; la primera había sufrido bastante, principalmente de las bombas; en el segundo estaban por tierra todos los parapetos y defensas; la gente en una y otro, fatigada por falta de descanso pues empleaban la noche para hacer reparos. Aunque la plaza dista más de ocho millas de Boca Chica, iba el virrey a estas horas de relativo descanso a tratar con Lezo de las operaciones del día siguiente, y hallándose conferenciando a bordo el 4 de abril, convencidos de que no podía prolongarse la defensa del castillo y de que convenía abandonarlo y reconcentrar su guarnición en la plaza, una bala pasó muy cerca de los dos quedando Eslava herido por los astillazos en una pierna y Lezo en el muslo y en la mano. Al día siguiente se hizo el abandono con cierto desdén y comunicándose el contagio a la gente de los navíos San Carlos, África y San Felipe, sin que pudiera contenerla el general, que andaba en una canoa, se produjo el incendio de un barco que contenía 60 barriles de pólvora y, comunicándose los dos últimos, se volaron. Lezo se retiró a la plaza con las tripulaciones y con cuantas armas pudo recoger.

La segunda línea, dentro del mismo puerto, estaba en el canal que forma el castillo grande y la batería de Manzanillo. Lezo, con acuerdo del Gobernador, puso en estos fuertes la marinería y situó entre los dos navíos Dragon y Conspirador, únicos que le quedaban, con orden de echarlos a pique en el último extremo, para impedir la entrada de los ingleses a la ciudad.

Este caso llegó, no sin ganar hasta el día 12 con una tenaz resistencia, que el ánimo de ambos jefes y su presencia en los lugares de mayor peligro hacía pasar por cosa natural y prevista. Desde tal día empezó el bombardeo de la plaza, batiéndola a la vez varios navíos y fragatas que ya podían acercarse y el 20 dieron el asalto por el cerro y el castillo de San Lázaro, que defendían 250 soldados de marina y los regimientos de Aragón y España. Ambos generales acudieron con piquetes de marinería, que hizo fuego tan certero, que al aclarar el día abandonó el enemigo las escalas, armas y efectos, dejando la cañada cubierta de muertos y heridos. Eslava aprovechó la ocasión para hacer una salida con tropa de línea y dando sobre los fugitivos, hizo considerable destrozo, poniendo fin a tan formidable jornada.

Dijeron en su disculpa los ingleses que las escalas de asalto fueron muy cortas y que por la oscuridad o el extravío no llegaron a tiempo las faginas, manteles y otros materiales para facilitar la aproximación. Escritores de la misma nación achacaron el fracaso a imprevisión, a desavenencias y enfermedades desarrolladas entre las tropas de desembarco. La eterna historia de todos los malos sucesos: el éxito la obliga a escribir ordinariamente de otra manera, que eclipsa todos los pormenores.

Resultado de esta función, que es de las más gloriosas de nuestras armas, por los medios de defensa, comparados con la superioridad inmensa de los del ataque, y merecedores, por tanto, de narración más extensa de lo que consienten estos apuntes, fue que el enemigo fingió perseverar en su intento de aumentar sus baterías para ir preparando sin desorden el reembarco. El 27 se notaron señales de su real objetivo; en los días siguientes abandonaron sus puntos más avanzados, incendiaron por inútil el navío Galicia y volaron los fuertes externos de que se habían apoderado, saliendo sucesivamente los buques del puerto, que el 20 de mayo, se vio completamente libre de su presencia.

Según el diario del general Lezo, dispararon los ingleses durante el sitio 6.008 bombas y más de 18.000 balas rasas de cañón, y según los partes del virrey Eslava, perdieron por los combates y enfermedades sobre 9.000 hombres. Los historiadores imparciales agregan la pérdida de 20 navíos, habiendo quedado varios otros inútiles y, siendo 36, 8 de ellos de 3 puentes, 12 fragatas, dos bombardas, varios brulotes y 130 transportes, con más de 10.000 hombres de tropas del ejército, 300 de milicia, 600 indios y dos compañías de negros libres, no pasando las bajas de 600 muertos.

Por tan segura se daba en Inglaterra la posesión de Cartagena, juzgando por los informes que envió el almirante Vernon tras los primeros reconocimientos, y por la magnitud de los elementos dispuestos a asediarla, que se acuñó en Londres una serie de medallas, distintas en el módulo y en las leyendas, aunque uniformes en la idea de eternizar un futuro triunfo. En el anverso presentaban al marino español, rodilla en tierra, presentando la espada al vencedor, en el reverso, el puerto de Cartagena forzado por los navíos, con leyenda en uno y otro que decía: "El orgullo español abatido por el almirante Vernon. Los héroes británicos tomaron Cartagena en Abril de 1741".

En esas medallas se quiso animar con la exaltación del triunfo la humillación y el ridículo del insigne general español, motejado por la mutilaciones que sufrió durante su bizarra carrera. Siete ejemplares distintos que se conservan en nuestros museos, muestran por ambas caras, en el centro, el nombre de DON BLAS (así escrito). No sospecharon los inventores de tan inconveniente demostración, hecha en nombre de un pueblo culto y valeroso, que manco y tuerto el almirante Nelson, llegaría a ser una de las principales figuras de su historia. A otro manco español echaron en cara sus defectos algunos émulos y respondió que las heridas recibidas por la patria son como estrellas que guían a las demás al cielo de la honra y a desear su justa alabanza.

Don Blas de Lezo murió en la misma ciudad de Cartagena, el 7 de septiembre de 1741, a consecuencia de las heridas, penalidades y cuidados del sitio y honró el Rey su memoria otorgando el título de Marqués de Ovieco a los de su familia, pero por designio de la Providencia, en las referidas medallas, tiene un monumento erigido por sus enemigos.

 

 









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