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22/02/2019 - Redacción Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Rosendo cumple 65 años desde el retiro

Rosendo Mercado, figura capital de la historia de la música española, cumple mañana 65 años "satisfecho" por su obra y desde el relax de su reciente jubilación, un retiro decidido por él mismo al que llega tras haber cotizado al alza en el rock en español durante más de cuatro décadas. 

"Ni quemarse ni desvanecerse, dejarlo en lo más alto", señalaba como declaración de intenciones el comunicado en el que hace más o menos un año anunció su despedida de los escenarios para "tomarse un respiro en un camino que no conoce el punto y aparte y que queda en puntos suspensivos".

Miembro efímero de Ñu, formación a la que llegó tras el servicio militar obligatorio en 1975, de allí sacó a dos aliados musicales y un reproche a su forma de componer que reconvertiría en alegato y nombre de la banda con la que encauzaría su carrera, Leño. "Era un producto muy de aquí y para aquí", recordaba Rosendo de quienes para muchos fueron la génesis del "rock urbano", esto es, rock and roll en castellano y empapado de calle, de protesta y de ánimo contagioso, con temas como el imperecedero "Maneras de vivir". 

Cuando llevar el pelo largo como ellos "era un pecado mortal, de infierno de por vida", aquel manifiesto en forma de canción sintetizaba el germen de Leño: "La necesidad de expresarse" en una época "poco menos que imposible".  La suya fue una andadura breve, de 1978 a 1983, pero suficiente para dejar un álbum en directo y tres discos de estudio, el primero de ellos grabado con escasísimos medios y en apenas 70 horas de nocturnidad profunda, cuando el artista principal desocupaba la sala.

Al acabarse la química con Ramiro Pernas y Tony Urbano, Rosendo dio el salto en solitario. Pensó que "todo iría muy seguido por la inercia", pero no fue hasta 1985 que se publicó "Loco por incordiar". "Tuve problemas con la compañía de discos, no se me hacía caso y no podía grabar con otro sello por el contrato. Pensé que aquello se acababa", confesaba a Efe hace unos años, al rememorar que fue la llamada del productor Carlos Narea la que lo sacó por fin del ostracismo.

Quince álbumes más se sumaron a la lista, con una tendencia a sonar cada vez "más relajado y dando protagonismo a la voz", pero dentro de una carrera siempre coherente, lo que no le liberó de algunas críticas por cierto inmovilismo. "No sé si lo que hago puede oler a naftalina porque por lógica y antigüedad estoy en ese terreno. Siempre he intentado evolucionar dentro de mi capacidad, pero entiendo que lo que hago son tres acordes sin más y que el peso de mi historia está en las letras", reconocía quien define como un "sufrimiento" cada verso que escribió.

Como prueba, ahí quedan "Fuera de lugar" (1986), "Canciones para normales y mero dementes" (2000), "A veces cuesta llegar al estribillo" (2010, Premio de la Música al mejor álbum) y los más recientes "Vergüenza torera" (2013) y el postrero "De escalde y trinchera" (2017).

A propósito del título de ese último trabajo, diría el "escaldado" músico: "Me he pasado la vida aguantando mareas y peleando, aunque sea desde mis canciones". Canciones como "Aguanta el tipo", "Muela la muela", "Mala vida", "El tren", "Agradecido" o "Flojos de pantalón"…

El eterno melenudo llegó a actuar en el Palau de la Música de Barcelona y fue distinguido con las Medallas de Oro de las Bellas Artes y la Medalla de Oro de la ciudad de Madrid, donde convirtió la plaza de toros de Las Ventas en su segunda casa, tocando allí hasta en seis ocasiones, la última en 2014 delante de 17.500 personas.

"Yo creo que me moriré haciendo rock, no sé si en el escenario, porque eso dependerá de que la maquinaria responda", anticipaba en 2014, cuando ya veía su jubilación "ahí mismo", preferentemente encerrado en el estudio que se montó en el pueblo de su mujer en Burgos, lejos del Madrid que tanto lo inspiró pero que cada vez lo asfixiaba más.

Fue el pasado 23 de diciembre cuando su presunta gira de despedida concluyó en el Sant Jordi Club de Barcelona. Presunta, porque muchos de sus parroquianos no podían creer que el de Carabanchel, símbolo y héroe del barrio, dijese adiós tan lejos de casa, con la esperanza puesta en que, al menos, quede un último asalto. 









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