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14/10/2012 - María Sánchez Martín Ávila Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Ricardo y María. El reloj de Correos les marcó la felicidad. Si pudiera retroceder en el tiempo y poder volver a vivir nuestro bonito amor, nos quedaríamos por siempre en aquella nube que nos envolvía a los dos.
Dos trenes que se cruzan
27 de diciembre de 2010.

11 de la noche.
Me encuentro haciendo unos dibujos en un sobre para felicitar a mi nieto Jorge, que mañana cumplirá 14 años, ‘Día 28 de diciembre’.
A la vez estoy viendo una película. Veo a un joven marinero que entra a un edificio de Correos a certificar un paquete. Esta imagen me trae un recuerdo de juventud, de cuando iba a la plaza de Cibeles a poner un giro de 15 ó 25 pesetas a mis padres. Nunca me dijeron nada, pero yo imaginaba su sorpresa y su cara de satisfacción.
‘El edificio de Correos’, ‘Cibeles’. Me trajo otro recuerdo, de cuando empecé a salir con un joven, que después fue mi marido. Aquel joven trabajaba en Correos y a las 12 del mediodía sonaba mi teléfono, cuando el reloj daba las campanadas, él sabía que me alegraba oírlas.
Si te paras a pensar cosas que han pasado que vas recordando. Por cosas paralelas de la vida.
Cosas que me hacen coger un lápiz y un papel y plasmar mis historias…Esto habrá quien no lo entienda; pero las personas que llevan por dentro sus recuerdos, hay momentos que sienten la necesidad de ponerse a escribir.
Como hacía el joven de la película. Ese joven que había desertado del barco, porque quería vivir otras aventuras. Las que iba escribiendo en trozos de papel que encontraba en la calle. Otras veces lo pedía por señas, el lápiz y el papel porque la gente no entendía su idioma.
Para mí esto era algo bonito y me impresionaba, aunque comprendo que habrá quien no lo entienda. Aquel desertor del barco, en el hotel que se hospedaba, conoció a una chica que se llamaba María, era una camarera, tuvieron buena conexión. Pero la chica no era bien tratada por el dueño del hotel. También había viajado mucho. Y un día dijo al marinero que se iba a marchar a Francia. Al joven un día le atracaron en la calle y le robaron la cartera, otra segunda vez le volvieron a atracar y le clavaron una navaja en un brazo, estuvo ingresado ocho días. Cuando regresó al hotel, María se había marchado. El marinero preguntó por ella, el dueño del hotel no sabía donde había ido. El marinero averiguó la dirección de los padres, pero tampoco sabían nada de ella, le dijeron que siempre andaba de un lado para otro.
El muchacho como no encontró a María. Preguntó al dueño del hotel, ¿cuánto le debo?, porque le voy a pagar. El dueño le dijo la cantidad y le preguntó, ¿cómo me vas a pagar si no tienes dinero? Él le mostró su cámara de grabar y le dijo que se cobrase con esto, y deme lo que sobre para poder marcharme a Francia.

'Sigue la historia'. Los dos trenes que se cruzan.

En uno viajaba María, en el otro el joven marinero. Los dos iban pensativos, tenían tristeza en su mirada. Veía yo o leía sus pensamientos. Se iba buscando el uno al otro, pero su destino se cruzó y sus vidas se separaron para siempre.

Tristes historias que suceden

Hubiera deseado su encuentro y un final feliz para los dos. Historias que pasan. Esos recuerdos inolvidables que les vas dando paso en la vida. Pero cuando llegas a una edad te vienen cosas a tu mente y te entran ganas de dejarlas escritas. Cosas que un día no les diste importancia. Pero una persona que le gusta escribir, plasma las verdaderas historias y otras que las sacas de tu imaginación. Porque en algún momento de tu vida tuviste que vivir frustrado, por aquellos tiempos que nos tocó vivir. Y ahora sufres por aquello que no pudo ser. Aunque no fue por falta de interés. Aunque no se puede hablar en plural, porque hubo personas que tuvieron ayudas y pudieron hacer carreras. Los que no pudimos estudiar, ni lo más básico, no tenemos que avergonzarnos, lo llevamos con dignidad. Cada persona tuvimos y tenemos nuestro espacio de tiempo, y tenemos que llevar la vida como viene según la edad.
Mi final con el joven de Correos, fue feliz.

 

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