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17/12/2018 - Julio de la Fuente Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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En la mente del ‘Rey del Cachopo’
Sin lugar a dudas, el caso del ‘Rey del Cachopo’ ha sido el suceso del año, ese que reúne todos los ingredientes para convertirse en una novela o culebrón policíaco. Decenas de estafas, engaños, desapariciones, un cadáver descuartizado y una detención insólita y rocambolesca. El protagonista, Carlos Román, un hombre de 45 años, que comenzó muy joven con ganas de comerse el mundo.

Se inició en el mundo de la política, en partidos falangistas y extremistas sin éxito hasta que puso de moda en Madrid un plato típico de la cocina asturiana, el cachopo, gracias al cual montó varios restaurantes en la capital.  Con su labia y don de gentes consiguió embaucar a otros hosteleros para montar negocios, y a quienes acabó metiendo en pufos y deudas. Por eso varias veces se quitó de en medio y cambió de vida y residencia. También convenció a periodistas y políticos a base de invitaciones y reportajes en los que se vanagloriaba de haber logrado una serie de premios que el mismo se inventaba o fabricaba.

¿Pero cómo logro engatusar a tanta y tan distinta gente? Criminológicamente hablando, podemos apuntar a que Román presenta un trastorno de personalidad narcisista, que se caracteriza por la capacidad de aprovecharse de otros para lograr sus metas, el egocentrismo, la exageración de logros y talentos, fantasías de éxito, ganas de atención y admiración constantes y el menosprecio de los sentimientos de otros; con bajo grado de empatía y alto de obsesión y egoísmo. Unos rasgos que pueden llevar a la psicopatía, dentro de su estrategia de manipular y de ir hilando mentira con mentira para conseguir sus objetivos.

Lo insólito es que durante años ha conseguido salir indemne de tantas supuestas tretas y de una condena por violencia de género a una expareja. Seguramente ‘el Rey del Cachopo’ conocía debilidades de sus víctimas y amenazaba con revelarlas, propio de una personalidad sin apenas límites y con mucha capacidad para salirse con la suya. Por eso, muchos de los empresarios que ahora confiesan haber sido estafados por él nunca llegaron a denunciarle ante la Policía, conscientes de su peligrosidad y de su “falta de escrúpulos”, o porque simplemente no quisieron reconocer que les había timado. Eso precisamente le daba más poder. 

Este tipo de delincuentes tampoco se achantan con la Policía. Suelen mantener su versión por muchas pruebas en su contra que haya. Hacerles ver la realidad es muy difícil para los agentes porque sinceramente no se reconocen en ella. ¿Y pueden llegar a matar? Pues según los expertos, depende de cada caso, de que haya visto peligrar sus intereses o de la frustración sobre comportamientos de su víctima.

De momento, César Román niega todas las acusaciones mientras las pruebas e indicios le acechan. Sigue manteniendo su versión desde la cárcel de Soto del Real, en la que ha pedido ser cocinero. Es lo que hizo en sus últimos dos meses en Zaragoza, ciudad en la que se escondió semanas después del crimen de Heidi, su última novia. Incluso cuando toda España le buscaba, él seguía entre los fogones con un cambio de look que poco le sirvió para acabar ser descubierto.
 









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