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10/09/2019 - Julio de la Fuente Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La autopsia de Blanca

Mucho se ha hablado y escrito en los últimos días de la desaparición y muerte de la exesquiadora Blanca Fernández Ochoa. Con lujo de detalles, hemos conocido todos los recursos desplegados para su búsqueda, incluso en ocasiones con una bochornosa competencia entre Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, destacando, eso sí, la admirable movilización de los voluntarios. Luego, con un despliegue espectacular, con alguna situación puntual de mal gusto, los medios de comunicación han informado, hemos informado al minuto, del hallazgo de su cuerpo en la montaña. 

La ceremonia de la confusión llegó después, cuando todo el foco se situaba, o se sigue situando, en las causas de su defunción o, para ser más precisos, en la voluntariedad o no de la misma. Casi descartada ya una etiología homicida o accidental, las preguntas se dirigen a aclarar si la muerte fue por causas naturales o suicidas. Algo que parece importarle más a los medios, y a su correspondiente público, que a la propia familia, que ya advirtió, en boca de Lola Fernández Ochoa, que lo duro es que hubiera fallecido Blanca, no el por qué ni el cómo. 

No obstante, dudo que sus hijos o parientes más cercanos no quieren saber cómo murió. Y es que, en la sociedad actual, el suicidio (primera causa de muerte no natural en España) sigue siendo un tabú (los medios evitan hablar de ello por el efecto llamada) y conlleva reproches sociales o autoinducidos sobre el entorno de una persona que se ha quitado la vida.

Si una muerte es natural o accidental, el lamento y dolor siguen estando ahí, pero no queda mácula. Si la causa es homicida, está claro a quién hay que buscar y sentenciar. Pero si la etiología es suicida, la libertad individual de quitarse de en medio (en España no es delito, sí la instigación al suicidio) se deja a un lado y se empieza a buscar culpables en la sociedad, las instituciones o en la familia. En el caso de Blanca, ya se está hablando del desamparo que sufren los medallistas olímpicos cuando se retiran por parte de las administraciones. Un terreno muy pantanoso porque, si no hay carta de suicidio, difícilmente sabremos las verdaderas motivaciones de un individuo para tomar esa trágica decisión.

En el caso de Blanca, la prometida información del resultado de la autopsia preliminar no ha sido ofrecida. Eso sí, ya hay muchas noticias sobre las posibles causas. Entonces, ¿qué se sabe hasta ahora de forma oficial aparte de las hipótesis y elucubraciones? Conocemos que la deportista llevaba entre cuatro días y una semana muerta, que no se encontraron golpes o contusiones en su cuerpo ni signos de violencia externa, y que el cadáver estaba en tal mal estado (muchas horas de sol y algunas de lluvia torrencial) que solo pudo identificarse por sus zapatillas, mochila y adornos.

No sabemos nada de toxicología ni de la causa final de la muerte ni muchas otras cosas. Todo son conjeturas circunstanciales. Puede que la familia no quiera facilitar nunca esa información, que el Juzgado o la funcionarios no la filtren jamás. O puede que acabe saliendo tarde o temprano. Pero lo importante es que se nos ha ido la primera medallista olímpica de España, un gran referente del deporte en una época en la que el país despertaba en todos los sentidos. Por eso, sea como fuere tu muerte, descansa en paz, Blanca.









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