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19/02/2018 - Julio de la Fuente Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Suicidio
Hace poco se suicidaba un compañero de profesión, lo que me hizo reflexionar profundamente sobre esta problemática.

Todos pensamos que el suicido es ajeno a nuestro entorno, que en nuestra familia no va a tocar, que podremos darnos cuenta de algún caso cercano a tiempo y ayudarle. Eso pensamos hasta que te toca. Es difícil darse cuenta. Casi nadie va a comentarte sus intenciones autolíticas ni una profunda depresión. Y es que sigue siendo un tabú en la sociedad, aunque cada vez seamos más conscientes del problema. El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España, con más de 3.500 fallecidos el año pasado, con mayor incidencia en los hombres entre 30 y 54 años y cada vez más en adolescentes, según datos del INE.

Como apuntaba, es un asunto del que no nos gusta hablar y del que los medios ignoran para no generar efecto imitación, como descubrió Emile Durkheim, uno de los pioneros estudiosos de la materia. Además, los suicidas tienen a ser estigmatizados como enfermos mentales y simplificadas sus causas, cuando son múltiples y en muchos casos complejas. Normalmente hay un desencadenante, la gota que colma el vaso, de un proceso generalmente largo y angustioso. Las cuestiones económicos y sociales son fundamentales. Está demostrado que en periodos de crisis hay más personas que se quitan la vida y en sociedades o núcleos con más individualismo y espíritu competitivo, también, como en Japón. Esos son los llamados factores precipitantes.

Pero los determinantes siguen siendo los factores personales, sentimentales, psicológicos y ambientales que predisponen a alguien a plantearse morir o no pasarle esa idea nunca por la cabeza, por muy mal que lo esté pasando económica o físicamente. Porque efectivamente también hay un porcentaje de suicidios cuya intención es precisamente acabar con el dolor físico que provoca una larga, incurable o degenerativa enfermedad. Pero son los menos. Los más proclives a su autodestrucción son las personas con depresión, los drogadictos de exceso, los separados y viudos, los ‘sin techo’, las víctimas de violencia de género o acoso laboral o sexual, los presos y aislados de la sociedad, las pacientes de estrés postraumático y los enfermos psiquiátricos.

Conocer los motivos de un suicida para neutralizarlos y poner obstaculizar los medios para lograrlo son los esfuerzos que la Psiquiatría y la Criminología tiene que poner en marcha para prevenir estos fallecimientos. Los criminólogos hemos de conocer, a través de entrevistas estructuradas y no estructuradas con familiares, vecinos, amigos y compañeros de trabajo del suicida, los detalles más relevantes y las circunstancias que le llevaron a alguien a intentar matarse o a llevarlo a efecto.

La Administración también debe poner de su parte a través de la Escuela, que ha de dotar a los alumnos de una actitud comprensiva hacia el suicidio y los trastornos mentales con el fin de erradicar el tabú y el estigma que rodea estas cuestiones; de la Sanidad, para facilitar tratamientos médicos o psicoterapéuticos precisos y no solo pastillas a los enfermos depresivos; y de Políticas Laborales y de Protección Social encaminadas a ayudar a personas en riesgo.

 









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