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05/06/2019 - Julio de la Fuente Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Vuelve a los colegios el peligroso 'juego de la asfixia'

Hace unos días conocíamos dos casos muy seguidos en colegios de la localidad madrileña de Pinto y de Granada del llamado ‘juego de la asfixia, del ahogamiento o del desmayo’, conocido internacionalmente como ‘choking game’ y con otros múltiples nombres en la jerga juvenil, una práctica de alta peligrosidad y de potencial riesgo mortal que consiste en el acto de inducir un desmayo por medio de la asfixia intencional que se provoca una persona a sí misma o por otras de forma voluntaria con el fin de sentir una sensación de desvanecimiento.

Este ‘juego’ no es nuevo, lleva unas décadas registrándose y ha sido responsable de numerosas defunciones y daños neurológicos graves en jóvenes alrededor del mundo. En los últimos años se ha notado un incremento considerable en la incidencia de esta práctica por parte de adolescentes en varios países anglosajones e iberoamericanos y que también ha llegado a España, muchas veces a través de las redes sociales e Internet. En nuestro país aún no existen datos, pero en Estados Unidos ya se cifrado en un 20 por ciento de jóvenes los que han jugado a este ‘juego’ alguna vez.

Muchos niños y adolescentes lo prueban para lograr una sensación de mareo, desvanecimiento o subidón, atraídos por su curiosidad hacia lo desconocido, por sociabilizar con grupos de semejantes o por vivir nuevas experiencias. Otro variable, ésta entre los más mayores, es la búsqueda de mayor excitación sexual o de experiencias cercanas a la muerte que, en algunos casos mortales, se han llegado a confundir con suicidio. 

Hay una explicación médica al ‘subidón’ que algunos de quienes lo practican aseguran tener. Cuando se priva al cerebro de oxígeno suficiente, las neuronas empiezan a estresarse y el cerebro responde liberando ‘beta endorfinas’ para intentar evitar la pérdida de neuronas, lo que provoca un estado eufórico y semialucinógeno. Además, como consecuencia de ello, activa otro neutransmisor, la dopamina, que pone en marcha circuitos de recompensa, por lo que esta práctica puede provocar una especie de enganche.

Sin embargo, esta momentánea euforia no compensa, en absoluto, la cantidad de problemas que genera este tipo de comportamientos. Si la ausencia de oxígeno es prolongada, el cuerpo sufre convulsiones, pérdida de memoria a corto plazo, dificultad de concentración por la pérdida de gran cantidad de células cerebrales, desmayos, lesiones derivadas por golpes durante la pérdida de consciencia y en los casos más graves daños cerebrales, problemas neuronales, el coma y el fallecimiento.

Para evitar que esta práctica vaya a más es necesario concienciar a niños, padres y profesores de su peligrosidad y de los daños, a veces irreversibles, que supone, especialmente para cuerpos en crecimiento y formación. Los progenitores y maestros deben estar atentos ante indicios como el mareo, ojos ensangrentados, marcas rojas en el cuello, fuertes cefaleas, irritabilidad y hostilidad o la aparición de objetos como bufandas o cinturones en lugares extraños de la casa. Ante estas pruebas, hay que hablar con el niño y avisar al colegio para que tome medidas. Las instituciones deben realizar también campañas preventivas para atajar este ‘juego de la muerte’.









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