La Fuente de Cibeles

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Este representativo monumento es obra del arquitecto Ventura Rodríguez, que se hizo cargo del proyecto inicial trazado por José de Hermosilla. Los escultores Francisco Gutiérrez y Roberto Michel le dieron forma y en 1782 la Fuente de Cibeles, castiza y monumental, salía por primera vez a la calle ubicándose a la entrada del Paseo de Recoletos, frente al palacio de Buenavista, y mirando hacia otra gran fuente, la de Neptuno. Esculpida en mármol de Montesclaros, permaneció seca hasta 1792 pero pronto se convirtió en todo un referente para aguadores, ciudadanos y caballerías que se surtían de ella. El agua de la fuente procedía de antiguos caudales medievales del Madrid musulmán. Tenía fama de poseer propiedades curativas aunque los caños de los que emanaba eran incómodos y de difícil acceso. Precisamente por eso, en el año 1862 el Ayuntamiento decidió cambiarlos por dos figuras artísticas y de diseño simbólico: un oso y un grifo (lagarto) que actualmente se conservan en el Museo de San Isidro. En 1895 el monumento fue trasladado al centro de la plaza, con la diosa mirando hacia la calle de Alcalá. Un traslado que levantó mucho revuelo y llegó a ocupar las portadas de los diarios de la época. Para suplir la fuente se construyó la famosa fuentecilla protagonista de la copla “Agua de la fuentecilla, la mejor que bebe Madrid…”. Ya en el s. XX, la Cibeles logró sobrevivir a la Guerra Civil Española gracias a la montaña de sacos terreros que el bando republicano colocó para protegerla. Superada la contienda, en torno a los años 50 el agua de la fuente se hizo más artística gracias al añadido de sutidores y chorros formando cascadas, y desde hace unas décadas la diosa se ha convertido en musa del madridismo. Pasado, presente y futuro de un monumento, símbolo por excelencia de nuestra ciudad.

 

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