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11/09/2009 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Una vez más, las noticias catastrofistas sobre el medio ambiente asaltan páginas de diarios y espacios de televisión. Cíclicamente, cada vez que se celebra una Cumbre sobre el cambio climático o similar, la maquinaria bien engrasada de lo políticamente correcto se pone a funcionar con precisión milimétrica.

La virtualidad hipnótica que poseen es que siempre se ciñen a un periodo de tiempo futuro bastante amplio, de tal forma que ni los más jóvenes de entre los jóvenes podrán comprobar la realidad de lo profetizado cuando se cumpla el plazo de verificación. En rigor, al cabo de los años, sí se podría cotejar la realidad ambiental del momento con lo que se dijo que iba a ser esa realidad, pero ¿quién se molesta en tirar de hemeroteca para semejante cuestión cuando nos cuesta horrores hasta bajar la basura a la calle o sacar a pasear al perro? Valdría la pena dedicar un poco de tiempo a leer lo que los periódicos -algunos científicos- de hace treinta (1980), cuarenta (1970) o cincuenta (1960) años anunciaron para 2010.

Es habitual que los promotores de estos estudios apocalípticos sobre el clima no alejen por los siglos de los siglos las conclusiones a las que llegan, no vaya a ser que la gente pase de ellos, y los gobiernos dejen de dedicar cuantiosas sumas a sostenerles. Es decir, ni muy pronto para que nadie pueda comprobar rápidamente si es cierto lo que afirmaron, ni muy tarde para que todos de algún modo nos sintamos interpelados. Es lo contrario que hacen los investigadores del pasado, que cuanto más lejos esté el descubrimiento arqueológico, mejor, mucho más difícil descubrir la milonga mediática.

Resulta que desde hoy hasta 2100 va a subir un metro el nivel del mar debido al deshielo del Ártico, cosa que afectará a la cuarta parte de la población mundial, ni más ni menos. Este fenómeno, dicen, tendrá impactos globales nada desdeñables: modificará los patrones de temperatura y precipitación, con lo que eso supone de desastre (por definición) para la agricultura, la silvicultura y las reservas de agua. Los expertos asesores del Programa del Ártico del Fondo Mundial para la Naturaleza, padres de la criatura catastrofista entre otros, se frotan las manos: van a tener euros y dólares a mansalva para mantener su chiringuito.

Dicho todo esto, confieso que soy un defensor empedernido de la naturaleza y el medio ambiente, pero todo dentro de lo razonable. Los ríos y el mar deben estar lo más limpios posible; si podemos tratar las basuras contaminantes y reciclar lo reciclable, debemos hacerlo; cuidemos la fauna y la flora, el planeta y el espacio exterior. Cada uno en la medida de sus posibilidades y con responsabilidad. Pero de esto a que continuamente nos bombardeen con su alarmismo inmoderado -cobrando bastante bien de nuestros impuestos- es otro tema. Aún recuerdo las no pocas conferencias a las que acudí en mis tiempos de estudiante universitario, hace ya veinte años, sobre la ecología y cuestiones adyacentes. Entonces se hablaba mucho, entre otras cosas, de la capa de ozono y de que nos íbamos a abrasar en cuestión de veinte o treinta años. No parece que eso vaya a ocurrir en poco tiempo. Por si acaso, ya nos vamos al 2100.

También se me quedó grabado el problema con las fuentes de energía, la escasez del petróleo, y la amenaza nuclear. ¿Qué ocurre hoy? Nada. Las reservas siguen igual, si es que no han crecido; hay alternativas energéticas -poco rentables si no se subvencionan- que tranquilizan las conciencias y los bolsillos; si el sistema político funciona, es decir, si se cumplen los protocolos de seguridad, las centrales nucleares no estallan y los residuos no matan a nadie.
Hay que estar vigilantes y ser conscientes de que no se debe hacer todo lo que se puede. Hay que cuidar la naturaleza, pero también hay que huir del alarmismo demagógico políticamente correcto, que venimos arrastrando desde hace mucho tiempo.

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