Cambios en la política española

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El movimiento de protesta que se ha generado en nuestro país durante mayo y junio puede ser lo más importante que ha sucedido en la Política española en los últimos años. Es previsible, y deseable, que exista un antes y un después en referencia a esta manifestación participativa que, muchos esperamos, cambiará las formas y los contenidos de las administraciones. Y no sólo en nuestro país, posiblemente.

Que los políticos nunca hemos tenido buena fama entre gran parte de los ciudadanos es una realidad innegable. Pero el desapego con los políticos ha llegado a un punto de no retorno cuando las últimas encuestas llegan a certificar que nos hemos convertido ante la opinión pública en el tercer problema de los españoles, detrás del paro y la crisis. Y la puesta en el punto de mira que este movimiento ha realizado sobre nosotros, y el amplio respaldo social que despierta, mueve a la reflexión. 

Nos hemos convertido en diana de la ira ciudadana ante la situación económica y, aunque no es agradable y personalmente tendría muchas cosas que objetar, también es cierto que desde dentro se ven demasiadas sombras sobre la actividad política que, por el contario, debería ser la más ejemplarizante. Por eso sus críticas despiertan muchas simpatías también entre los que nos dedicamos a la Política, que vemos con esperanza la posibilidad de introducir mejoras en muchos aspectos.

Por ejemplo, es inadmisible que alcaldes de pequeños Ayuntamientos cobren más que el presidente del Gobierno, y que el número de asesores y cargos de confianza, que tienen sueldos incluso mayores, se multiplique después de cada proceso electoral autonómico o municipal. O  que haya personas que hayan convertido la política en su forma de vida, con una especie de ‘contrato vitalicio’, fuera de la cual no tienen capacidad o conocimientos para hacer otra cosa. Nuestras cuentas, nuestro patrimonio, nuestros derechos y nuestras actividades tienen que ser suficientemente transparentes. Ninguno de nosotros (o casi ninguno) está en política para enriquecerse. De hecho, muchos perdemos dinero y posibilidades profesionales. Pero debemos ser más exigentes que con la mujer del César.
 

Los políticos corruptos, vagos o inútiles son pocos. Muy pocos. Una diminuta minoría. La mayoría de los que estamos ‘en esto’ simplemente somos personas normales que, renunciando temporalmente a nuestra carrera profesional, nos esforzamos por trabajar por los intereses de aquellos a los que pensamos que representamos como grupo, como ideología o como modo de mejorar el mundo. Eso se nota mucho más cuanto más cercano es el cargo al ciudadano.
Por eso muchos los ‘políticos’ también nos podemos alegrar por esas señales de cambio que se están detectando.
Debo terminar diciendo que lo que trasluce tras el movimiento de la Puerta del Sol no es el cuestionamiento de la democracia en sí, sino una exigencia de mejora de su funcionamiento actual. Y eso es muy deseable. Trabajaré porque el desapego con los políticos no se convierta en un desapego con la política. Si conseguimos reflejar en hechos concretos, en respuestas, las preguntas recibidas, habremos descubierto a muchos esa política. Sin duda tiene sus pequeñeces, sus limitaciones, pero es la única vía para avanzar. Especialmente para aquellos que no tienen otra vía para que mejore su vida o se respeten sus derechos. Y no hablo precisamente de algunos políticos, sino de muchos ciudadanos.
 

 

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