Cavernícolas en democracia

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Del total de mensajes enviados por parte de los amables y pacientes lectores, las personas que conformamos el equipo de opinión de EL DISTRITO -al menos el que suscribe- de vez en cuando nos pasmamos por el tenor de alguno de ellos.

Qué duda cabe que la premisa para escribir en un medio como este es la de aceptar la imperfección y, por tanto, los comentarios que se reciben. Estos siempre son enriquecedores porque, entre otras cosas, fomentan el diálogo y la reflexión. Muchas veces son puntos de vista complementarios a lo expuesto; otras veces son opiniones opuestas, pero siempre respetables y dignas de ser tenidas en cuenta. En EL DISTRITO la comunicación en biunívoca entre columnista y lector.

A mi juicio, otro de los fundamentos sobre los que se cimenta el periodismo de opinión normal, honrado y de calidad es la aportación de datos objetivos a los que acompañan comentarios o análisis, más o menos acertados. Sobre los datos, en general poco se puede opinar, se ofrecen y punto. Otra cosa es la selección previa de los mismos, y el modo de darles contexto: siempre, equivocadamente, cabe mostrar sólo los datos que apoyen el prejuicio. Es evidente que en este trabajo intelectual el columnista se juega su prestigio y credibilidad, amén de la excelencia de su redacción.

Por eso, en esta fase también es importante la aportación de los lectores cuando señalan parcialidad en la muestra objetiva, o cuando, según su criterio, los datos ofrecidos no son ciertos, no son creíbles o son insuficientes. De ahí la importancia de las fuentes a las que acude el periodista.

Recuerdo, por ejemplo, la noticia con foto publicada en portada de un diario nacional. Se afirmaba que el acontecimiento sobre el que se escribía tuvo lugar en un mes del año concreto. Por el contexto de la actividad desarrollada por el protagonista de la noticia era evidente que no podía ser así, era imposible independientemente del acuerdo o desacuerdo que podían producir los comentarios de la redacción del periódico. El diario rectificó al recibir el apunte de un lector que hacía ver la imposibilidad de que la acción se hubiera desarrollado en esa época del año.

Los datos son los datos. La selección que se haga de ellos ya es un primer criterio de opinión. Su interpretación y análisis es la segunda fase en la que los lectores pueden aportar su visión del tema y entablar un diálogo que, como todo diálogo, parte de la base de aceptar el cambio de opinión -o su matiz- si se aportan novedades razonables. De lo contrario, no estaríamos en un medio de comunicación serio sino en un frontón, o lo que es lo mismo, en un diálogo de sordos. Una contraditio in terminis.

Lo preocupante es recibir mensajes de lectores -también lo sería si el columnista usara idéntica táctica- que no aportan datos nuevos o ideas que fundamentan una opinión distinta a la expuesta. No aportan nada. Sólo lanzan insultos y descalificaciones personales -griterío, ruido vacío de intelecto- que, desde luego, rechaza el diálogo más elemental. No es que estas personas retrocedan a siglos pasados, a la Edad Media (época en la que, por cierto, nacieron algunas de las mejores tendencias artísticas), ni siquiera a la caída del Imperio romano o de la cultura helenística, con todas las bajezas morales imaginables, más bien se retrotraen a la época de las cavernas, cuando todo se resolvía a golpe de sílex, y los sonidos guturales eran la máxima capacidad de expresión. A esos lectores les gustaría volver a lo cavernícola, al troncomóvil de los Picapiedra.

No deben preocuparse. Los demócratas los toleramos mientras su violencia irracional se mantenga en el límite de lo soportable. Gracias a Dios, son todavía muy pocos, irrelevantes. La inmensa mayoría de los lectores y columnistas preferimos huir de la irracionalidad. Nos movemos con comodidad en el intercambio de ideas y opiniones, que es el verdadero motor social y cultural.

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