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12/06/2019 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Clásicos madrileños

Me he sumergido esta semana en dos clasicazos madrileños de la literatura sin ser libro.

El primero: el Café Gijón, del que ya escribí un lejano artículo titulado El Gijón ha muerto, allá por el 2006, recién caído el último bastión de una época: el galdosiano Alfonso González: cerillero, lotero a pie de puerta y testigo de tanto; el anarquista con cara de buena persona que prestaba un par de duros para el taxi a más de un periodista que por allí se había dejado los cuartos en el póquer. Hoy, el Gijón, más que muerto, pues nunca llegó a morir, sigue agonizando mientras su bastarda caja se alimenta de los euros de fetichistas con décadas de retraso y turistas con más retraso todavía.

Uno, que peca de lo que critica, tiene que admitir que guarda firmado el libro: La noche que llegué al Café Gijón, de Umbral, y piensa, a veces, en que no le dio tiempo a tomar un vino allí con el pintor Gerardo Porto como teníamos previsto pues le alcanzó la muerte. Quería recordar sus tiempos de paria: con Cela, con D´Ors y su corte de indalianos, pero también con todo ese ejército de la poetambre que se dejaba caer todos los días como excusa para no escribir. Lo que sí he cumplido es tomármelo con Ginés Liébana –él, medio gin tonic- a sus noventa y ocho años para noventa y nueve y con el sarcasmo intacto. No hemos podido evitar hacernos una fotografía para después buscar en la web del Gijón esa otra fechada en los cuarenta en la que aparece Ginés, con su bigotito tan de la época. ¡Todos muertos, menos yo!, brama Liébana mientras zapatea.

Mi segunda inmersión ha sido en la Feria del Libro. Esta vez, firmaba yo. Ya decía Ortega algo parecido a que en Madrid o das una conferencia o te la dan... El Retiro, en esta época, para mí, tiene más de alergia que de literatura; y para allá que me fui con sesión doble de polaramine. Mal negocio: antes de vender yo el primero, ya había comprado el poemario escuálido y póstumo de Pablo García Baena, mientras de reojo, a derecha e izquierda, me veía rodeado por colas para conseguir el garabato de Marwan y de Blue Jeans (sic).

Antes, esas colas las montaba Gala haciendo embudo con su firma demorada para alargar todavía más la serpiente bajo el sol. Ad latere. La eterna lucha de siempre entre las dos literaturas... Lean, lean La bruma insensata de Vila-Matas y tomen partido aunque perdamos.

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