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26/06/2007 - Víctor Córcoba Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Cuando se pierden los papeles
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Cuando se pierden los papeles, entiéndase los buenos modos y modales, lo primero que espiga es la furia, el ensañamiento, la ración de tortura y malos tratos, el insulto, acoso, explotación; todas las iras habidas y por haber. Por desgracia, los abusos están a la orden del día en las familias, en la sociedad misma que parece haber perdido la serenidad, y, por si fuera poco, ha saltado la voz de alerta de Amnistía Internacional expresando su preocupación por la existencia de informes sobre tortura y malos tratos policiales y por la situación que afrontan los inmigrantes y los solicitantes de asilo en el país. Será grave la situación que algunos psiquiatras, colapsados en sus consultas advierten también y aseguran, que el maltrato y los abusos enloquecen. De pronto parece que todo el mundo se ha vuelto loco y, en ocasiones, la realidad supera con creces la ficción.

Ante estos hechos violentos uno se pregunta, ¿por qué no hay más iniciativas para prevenir y atajar estos comportamientos? Quizás el maltrato sea un problema de salud pública y, como tal, debiéramos poner medios para frenar esa violencia que muchas veces campea oculta sobre niños, mujeres, personas mayores y excluidas como pueden ser los inmigrantes. Las autoridades suelen actuar después de que han ocurrido actos de maltrato patente, yo creo que lo suyo sería intervenir antes, bajo un prisma de prevención continuo y constante. Aunque todas las clases sociales conocen este tipo de proceder violento, las investigaciones y los hechos demuestran sistemáticamente que, en los círculos de nivel socioeconómico más bajo, es donde se producen más estas ofensas. Cuando las personas no se les consideran y se les despoja de sus derechos, como pueden ser los emigrantes en situación irregular, o los niños, mujeres y personas mayores en situación de indefensión, el clima de explotación y maltrato se ve favorecido. Hoy se sabe, además, que muchos maltratadores fueron víctimas o testigos de malos tratos en su infancia. Ante la evidencia, pues, hay que frenar este clima espantoso de injurias a la carta, de humillaciones y desconsideraciones, de atropellos a diestra y siniestra. Las normas protectoras, en todo caso, están para aplicarlas y hacerlas cumplir, sino carece de sentido haberlas promulgado, y hasta habría que derogarlas. La sociedad no puede y, tampoco debe, perder los papeles  y permitir este tipo de actitudes. Téngase en cuenta, que estas actitudes se contagian. El aprendizaje social no sólo depende de lo que le ocurre a uno mismo, de lo que uno vive, igualmente se produce por la observación a los demás, hacia lo que nos rodea.

Desde luego, hay maltratos que podrían evitarse con una mayor protección y prevención. La denuncia de estos hechos delictivos nos implica a todos los ciudadanos, no sólo a los médicos de familia, centros escolares, asociaciones, organismos e instituciones. Sólo así, trabajando todos unidos por una sociedad más sana, se puede respirar una atmósfera más pacífica y pacificadora. Donde se produzcan los zarandeos, la pérdida de papeles, cualquier signo de ofensa, sea en la familia o en un estamento oficial como denuncia Amnistía Internacional, no debe considerarse como algo insignificante, como una anécdota más, puede ser el principio de un calvario y, sobre todo, una señal ineludible de alarma. 

 

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