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12/11/2018 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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De jarrones
Ha cumplido Leonor los trece años colocándose en parrilla de salida para leer el primer artículo de una Constitución que necesita remiendos y en una época más que convulsa para la Monarquía como sistema, independientemente de quién la represente.

Es una pena, sin duda, porque es una niña, estar en el disparadero y tener que haberse preparado el artículo en cuestión como si fuese a hacer oposiciones a auxiliar de Justicia en vez de leerse a Harry Potter. Y esto sólo es el principio. Llegarán las críticas pues nada tiene que ver la actualidad con el marco en el que se estrenó su padre y donde España casi en bloque era un coro de palmeros.

Felipe VI apareció sutilmente protector. La reina Letizia, orgullosa de su hija. Sofía, la hermana, liberada de focos y pudiendo ser más natural, esto es, más niña que Infanta. Ese punto tres que dice “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria” se convertirá en un mantra por el que Leonor tendrá que luchar pues no le viene hecho el asunto como a su padre.

Vuelta de tuerca. Franco. El gobierno socialista parece tomar algunas decisiones por el método parchís en vez de tirar de ajedrez y desarrollar un poquito más los posibles escenarios de sus actuaciones. Así ocurre al intentar exhumar los restos del dictador, que está resultando un quebradero de cabeza pues no contaban con la posibilidad de que terminaran en La Almudena. La cosa no es baladí y por eso la vicepresidenta Carmen Calvo ha tenido que ir al Vaticano con el casco de obra en vez de mantilla para tantear altas jerarquías.

La gran diferencia entre Franco y otros dictadores europeos del siglo XX, como Hitler y Mussolini, es simplemente que el gallego ganó la guerra y luego ya, como los otros dos, perdió la Historia. Cuarenta años de NO-DO y adoctrinamiento –Iglesia, educación, burocracias...- dan para mucho. Lo que está claro es que una Democracia que se quiera saneada en sus principios debe de tender a un sistema no monárquico, que siempre está basado en un pecado inicial de privilegios, y no puede permitir en el ámbito de lo público homenajes a un régimen no democrático o sus figuras claves. ¿Qué hacer con el Valle de los Caídos? Complicado, pues aunque salgan de ahí los restos de Franco no hay quien le quite el componente identificativo que ya es parte de su ADN por mucho que sus osarios estén llenos de republicanos. Pretender convertirlo pues en un centro de Memoria Histórica, como dicen algunos, es tan inocente como decir que será nuestro Arlington. Otra cosa de la que podríamos hablar largo es de la estética megalómana y su kilométrica cruz plantada como las posaderas de un obispo en su poltrona y que tan bien representa lo que fue la jerarquía eclesiástica de brazo en alto en aquellos días. Otra vez será.

 

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