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13/01/2014 - Ana García D'Atri Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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De Vicálvaro a 'El Campito'

Vicálvaro tenía un centro cultural autogestionado en la calle Titanio alojado en un edificio de propiedad privada, al parecer de un banco, sin actividad de ninguna clase. Aquellos jóvenes no iban a los centros culturales, pero querían ofrecer cultura, enseñar y así lo hacían, pero fueron desalojados. Hoy los jóvenes de Vicálvaro no van a ningún centro cultural y la concejala de distrito no aceptó la propuesta de trasladar la actividad de los desalojados a un edificio público. Indudablemente hay normas que impiden la ocupación, la prohíben y el Ayuntamiento cumple con ellas: la cuestión es si, desde la política, se pueden abrir otras puertas, como lo hace París y lo ha hecho Berlín y entender otra forma de dar espacio a lo colectivo, otra forma de gestionar sin marcar a cada uno qué debe hacer, dónde y en qué condiciones económicas, preocupándose, eso sí, por la seguridad.

Si hablamos de cultura, el Ayuntamiento de Madrid también debe abrir su mirada en cuanto a los usos culturales se refiere. Tenemos el ejemplo de Tabacalera, que ha funcionado gracias a una visión abierta de una ministra que conocía la cultura que se está haciendo en el mundo. Y tenemos el ejemplo de El Campito, en La Cebada, el ejemplo en que el Ayuntamiento ha entendido que puede dejar un solar público (en realidad no hace más que devolverlo a los vecinos) para su uso. Y aquí no lo llama ocupación sino cesión y ha entregado las llaves a los vecinos para que organicen lo que quieran sin tener que censurar previamente los contenidos. Pero también tenemos desalojos todos los días de quienes intentan ofrecer cultura y formación de forma espontánea.

Quienes llevan más de un año ofreciendo cultura de forma gratuita en El Campito conocen muy bien la temporalidad de las ocupaciones y no quieren la permanencia, Es otra forma de entender la participación y la cultura, desde lo colectivo, desde la itinerancia. El Ayuntamiento de Madrid no puede seguir llegando tarde a todo, dejando sus edificios solos y vacíos hasta su destrucción y venta, e impidiendo la ejecución de propuestas que pueden darle vida a la ciudad. No tengan miedo. Si se cuida de la seguridad y se abren las puertas de los edificios vacíos a la creatividad, respiraremos mejor.









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