El hambre

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A lo largo de los años puedes viajar cientos de kilómetros por zonas rurales o urbanas paupérrimas y no saber qué significa pasar hambre. Puedes contemplar una y mil veces -como yo he hecho en Centroamérica- la pobreza feroz de quienes no tienen ni una mala letrina donde defecar, o unos zapatos que ponerse, y no saber qué es el hambre. Puedes pensarlo conceptualmente: “esas personas pasan hambre”, pero eso es distinto que palparlo. Incluso, puedes llegar a detectar con realismo dramático lo que significa no tener ni siquiera como para asistir a las clases en una mala escuelita con profesores cuasi analfabetos, pero… eso es cosa diferente al hambre.

Probablemente, algunos de los lectores han viajado por lugares de África donde esto se ve nada más poner pie en tierra y saben de lo que escribo, o que por su edad vivieran épocas de escasez post bélica y no tuvieran nada para llevarse a la boca en algunos momentos, pero es más que probable que otros muchos no imaginen ni de lejos lo que significa “pasar hambre”.

He contemplado muchas veces en tierras americanas caras de niños sonrientes cubiertos de harapos mugrientos, o rostros de hombres y mujeres tostados por el sol y  surcados por las arrugas profundas de quien envejece antes de tiempo. He observado los cuerpos macilentos y enflaquecidos de quienes pasan con lo mínimo de lo mínimo, o madrugadores borrachos de puro alcohol desalentados y desesperanzados de la vida, que no pueden más que encogerse en las cunetas o las aceras, pero –a pesar de esas imágenes tremendas-… no siempre esas almas te trasmiten el zarpazo de la canina con la fuerza del martillo que golpea el yunque. Pasar hambre es otra cosa, e imagino que peor es pasar sed y no tener con qué aliviarla: aún existe otro nivel de miseria por debajo del que a muchos parecería imposible atravesar.

Hambre es la de esos niños –Ricardito y hermanos… y otros como ellos- que juegan a comer cuando lo único que tienen es un pan de caridad untado de margarina. No hay nada más, muchas veces menos, durante días. Quizá, si la abuela ha vendido algo en su venta de comida en la calle, les lleguen un par de dólares con que aderezar esas cenas tan lejanas de los fastos europeos, donde a tantos sobra, tantos derrochan y tantos se quejan.

Ya regreso a España, a la Madre Patria, como la llaman por aquí, con otra lección aprendida después de muchos años de peripecias centroamericanas: sepa usted lo que es pasar hambre, pero sépalo bien. Gracias por la lección, procuraré aprenderla y grabarla en mi memoria.

psagastibelza@gmail.com

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