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07/01/2009 - Juan Luis Sánchez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Portada del libro "Los hombres que no amaban a las mujeres".
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Juan Luis Sánchez

Tengo la singular costumbre de leer los libros de moda. Cuando entro en el metro y en el mismo vagón hay seis o siete personas que llevan El niño con el pijama de rayas me entra una curiosidad tan grande que acabo sucumbiendo y procuro conseguir el libro para leerlo. Quizás me guío por ese viejo proverbio que dice ‘algo tendrá el agua cuando la bendicen’.

Y en literatura normalmente suele suceder que el agua ‘tiene algo’. No ocurre exactamente lo mismo en la tele, pues intentar ver el programa líder de audiencia puede derivar en Escenas de matrimonio, o como se llame ese horror. Tampoco se debe intentar escuchar el disco del artista número 1 en ‘Los 40 siempre iguales’. Pero en cuestión de libros, salvo en el caso de algún espanto máximo como El código gran mierda, que al menos era involuntariamente gracioso, lo cierto es que por regla general salta a la vista el motivo por el que ha triunfado. No sólo de Quevedo vive el hombre y pasar un rato entretenido a todos nos apetece. Hace poco devoré el libro de moda, Los hombres que no amaban a las mujeres, del sueco Stieg Larsson, que tiene una trama absorbente y personajes memorables (aumenta brutalmente el interés cada vez que sale Lisbeth Salander). 

ATENCIÓN: No intente leer ese libro. Es desmesuradamente adictivo. No dormirá. Allá usted. 

Me gustaría desrecomendar el libro. Sobre todo para aquellas personas que tengan una vida, a diferencia de lo que ocurre en mi caso. Tardé dos o tres días en leer las cien primeras páginas, que me parecían ‘demasiado suecas’ para haber tenido éxito fuera de Suecia, aunque me había llamado mucho la atención un personaje, Lisbeth Salander, una adolescente conflictiva, sociópata, huraña y vengativa, que sin embargo es un prodigio como investigadora privada. A partir de la página 100, el protagonista, Mikael Blomkvist, un periodista económico, padre divorciado, cuarentón y mujeriego, recibe el encargo de resolver un misterio, y a partir de ese momento no pude soltar el libro hasta que se acabó. Leí las 565 páginas siguientes en dos días. O sea, que no hice absolutamente nada más hasta que se acabó. Imaginad que hubiera tenido perro -se habría muerto de hambre-, novia -se habría ido con otro menos ‘tarao’- o hijos -se habrían buscado otro padre-, etc.

El problema es que forma parte de la trilogía Milennium -que es el nombre de la revista donde trabaja Mikael Blomkvist-, por lo que voy a ir corriendo a la librería a por la segunda parte, que acaba de salir: ‘La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina’. El tercer volumen no ha salido publicado en ninguna parte y sólo lo tiene el editor sueco, por lo que si continúa mi adicción no sé cómo lo haré para conseguir que me dé una copia, aunque tenga que chantajearle y apuntarme a clases de sueco.

El autor, Stieg Larsson, no ha llegado a ver que su libro se ha convertido en un fenómeno mundial. Larsson era un periodista idealista experto en grupos de extrema derecha, hasta tal punto que la Policía le llamó para asesorar en diversas investigaciones. Desde joven les dijo a sus amigos que sería escritor de novela negra. A los 47 años decidió que había llegado su momento, y cuando llegaba a casa, tras una intensa jornada de trabajo periodístico, se ponía a escribir la trilogía Millennium, protagonizada por un tipo que se parecía mucho a él, y que trabajaba para una revista similar a la suya. A los nueve meses terminó la trilogía de marras. Le entregó los tres volúmenes al editor, y repentinamente falleció por un ataque al corazón. Dicen que un personaje clave de la tercera parte muere de la misma forma. “La culpa es del exceso de trabajo, y de que se alimentaba casi únicamente en los fast food, como un personaje de su segundo libro”, ha dicho el desconsolado padre del escritor.


 

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