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17/09/2018 - Juan Julián Elola Ramón Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Franco debe marcharse
Después de muchos debates (y alguna discusión) con personas contrarias a mis puntos de vista sobre el asunto, no he encontrado aún ninguna que sea capaz de darme una razón mínimamente coherente para que se siga manteniendo un monumento funerario al dictador. Porque en eso consiste actualmente el Valle de los Caídos.

Y cuando lo defienden razonando que no se trata de un panteón personalizado, están admitiendo que no existe justificación para mantener allí ese cadáver. 

Tampoco el de José Antonio, cuyo único mérito es haber fundado el partido que (a posteriori y posiblemente muy en contra de sus principios) sirvió de cobertura ideológica a esa dictadura. 

Lo más que he encontrado como argumento es que no parece oportuno o necesario moverlo. Y eso supone un reconocimiento implícito de que no hay razones para que siga allí, más allá de la oportunidad del momento de su traslado. Por el contrario, su presencia convierte el lugar en un homenaje a su persona y a su dictadura. Evitar ese hecho es motivo más que suficiente para su retirada.

Al menos, 40 años de democracia después, hemos conseguido que nadie discuta que Franco era un dictador. Acuden ellos entonces al debate de si hay dictaduras mejores o peores, pero asumiendo ya de partida que era una dictadura. Y objetivamente no se puede decir que fuera de las mejores, si atendemos a la forma de hacerse con el poder, la duración, la limitación de libertades o la represión ejercida sobre la población civil. Pero ese es otro tema y, desde luego, no sirve para explicar su presencia en el valle.

También acuden, de inmediato, a la justificación del Golpe de Estado por la situación política y la violencia callejera. Como si la traición de un general a su juramento y la toma del poder por el uso de las armas que le han sido confiadas para la defensa de un régimen pudiera disculparse de alguna manera. Porque también se ha conseguido que se asuma que cuando los militares usan al ejército para conseguir el poder, se trata de un golpe de estado, aunque se intente por todos los medios eludir el término en escritos y tertulias.

La violencia callejera durante la República es asimilable a la del terrorismo a finales de los 80. Defender que la solución pasaba por una guerra civil con la cantidad de dolor y destrucción que produjo, parece poco razonable.  

La II República era una democracia, con sus defectos. Como todos los regímenes democráticos. Defender que la solución a esos defectos suponía una dictadura unipersonal durante casi 40 años, tampoco creo que sea razonable. Pero ese también es otro tema. Y tampoco sirve para explicar su presencia en el valle.
 









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