La boda de Iñaqui

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Iñaqui quiere casarse. Un lector me ha llamado tertuliano rosa del PP por llamar Rodríguez a Rodríguez, el presidente; hombre, le respondería yo, no se deje usted ganar por los premodernos escrúpulos del formulismo: deje las clases para los ricos de la CNMV y convengamos luego en que, efectivamente, si se trata de hablar de la boda de Iñaqui, el romeo de la chirona, uno bien puede bañar el artículo en salsa rosa, o más bien escarlata, esa salsa intravenosa que acostumbra derramar nuestro núbil guerrillero.

¿Y quién es la afortunada? Responde al nombre de Irati, aunque uno cree que haría mejor pareja con la Idoia López Riaño, alias la “Tigresa”, que también pena en el trullo, y así juntos podrían amarse entalegados y celebrar el fin del alto el fuego permanente. Dicen que Iñaqui ha sentado la cabeza, y al ver que al fin sus amigos vuelven a la acción considera acabada su tarea y puede darse al vis a vis con todo el ímpetu que le permita su recuperada masa muscular. ¿Por qué ayunar, si uno ya ha puesto a los suyos en los ayuntamientos y le queda menos de un año para ponerse a inaugurar polideportivos y hacer bolos en herrikotabernas?

Iñaqui e Irati son la pareja del año. Cuanto más triunfa su amor, más se afloja la coyunda de Rodríguez con el poder y el electorado, una relación que también podríamos llamar proceso… A ver, si no, por qué iba Rubalcaba a diseñar para Iñaqui el trayecto irreversible hospital-trena; por qué iban sus jueces a mandar a la cárcel al pacificador Otegui; por qué iba a llamar a Rajoy a La Moncloa; por qué iba a ceder a UPN el ayuntamiento de Navarra. Rodríguez, que hubiera sido un gran mimo, ha querido aplicar a la política su ingénita habilidad para los gestos, pero tras la cosmética de la implacabilidad sigue alentando el talante, y cuando la primera bomba ponga música de fuegos artificiales a la boda de Iñaqui, el crédito político del Gobierno ya no remontará. Si ni siquiera Gabilondo se apresta a la labor de maquillaje, ¿quién salvará a Rodríguez? Las bombas como lo trajeron lo echarán, y comenzará entonces el verdadero proceso largo y duro y difícil de derrotar a una ETA reconstituida con armas, concejales y presupuesto municipal.

“Oiga usted, no sea tan cenizo y mire cómo resplandece la unidad de los demócratas escenificada en el consenso de La Moncloa entre el presidente y Rajoy”, podría apuntarme alguno, quizá el mismo protocolario lector a quien disgusta que llame Rodríguez a Rodríguez. Es la hora de la unidad, claro que sí. Pero, ay, hablamos de política, y de políticos a unos meses de unas elecciones generales. Rodríguez aspira a repartir responsabilidad con el PP si atentan; Rajoy apoya para que no le llamen crispador pero sabe que cuando llegue el momento habrá de acusar y retirarse para no hundirse con él. Que una cosa es apoyar y otra asumir el negocio.

En la siniestra poesía de nuestra actualidad, los lazos de la euskoboda serán tan fuertes como la muerte, y al final no sabemos si Rajoy podrá separar lo que Rodríguez ha unido.

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