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17/09/2007 - Jorge Bustos Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La conjura de los listos
Jorge Bustos

Un político que cuando llega al poder quiere gobernar, se rodea de colaboradores competentes. Un político que cuando llega al poder lo que quiere es seguir en el poder, lo que hace es rodearse de un hatajo de incapaces que no le puedan hacer sombra por razones de pura insuficiencia genética. Esto es lo que diferencia al PP del PSOE. Los sedentarios del PP, esos que prefieren su mohosa moqueta en la oposición a ganar y tener destino incierto, recelan de Gallardón porque lo mismo, si lo incorporan, ganan las elecciones, que es una costumbre que tiene Gallardón, a poder ser con mayoría absoluta, lo cual es de un abusón intolerable. Lo que les pasa a los del PP es que su justicia retributiva es impecable para con aquellos que empezaron en el partido poniendo pasquines en los años ochenta. Y así, impecablemente retribuyendo lealtades absurdas -en vez de capacidades-, perderán todos juntos muy impecablemente las elecciones.

En cambio, ahí tienen al presidente Rodríguez, que lo que hace es poner de segundo a Pepiño Blanco. Si Alejandro hubiera nombrado generales a unos pepiños macedonios, el imperio hubiera durado un poco más; claro que probablemente no hubieran conquistado lo que conquistaron, pero a cambio quizá se hubieran quedado en el Liceo desasnándose con las lecciones del Estagirita. El mito del eterno progreso resultó una filfa, el paso del tiempo y las edades sólo empeora la raza, y así, de Alejandro y Aristóteles hemos venido en Rodríguez y Pepiño, que no tiene a los peripatéticos sino a Rosa Regàs y últimamente a Mercedes Cabrera.

Cabrera ha tenido una idea: por aquello que decíamos antes de la degeneración de la especie, nuestros niños cada día son más guapos y más tontos, por lo tanto lo suyo es que aprueben siempre y pasen curso tras curso raudos como saetas hacia la ignorancia final. A alguien se le podría ocurrir objetar que para cursar con alguna expectativa de inteligibilidad Matemáticas IV se deberían conocer las Matemáticas III. Cuando esto se diga en alto en el despacho de Cabrera, la ministra propinará un enérgico puñetazo a su mesa: "¡Muerte al fracaso escolar! A partir de ahora, serán los propios alumnos quienes se pongan la nota que en conciencia estimen merecer, no vaya a ser que se frustren y nos vacíen las escuelas". Hoy nuestros niños son los peores fracasados escolares de Europa por debajo de Malta, pero con la nueva ley de Cabrera es muy probable que ganemos a Zambia. Entretanto, los padres habrán de renegociar la hipoteca para costear la década y media de secundaria que cursará el vástago, devenido ya en un zoquete crónico de ochenta kilos. Los profesores pedirán escolta para entrar al aula. Y a los carroñeros de Telecinco no tardará en ocurrírseles un reality ambientado en un aula dominada por aprendices de mafiosos, prostitutas y pusilánimes, vestidos con los harapos que un día fueran la americana de un profesor nominado.   

Todo este enjuague del 'aprender jugando' lleva el sello inconfundible y funesto de la pedagogía moderna, que ha hecho más por destruir a la infancia que todos los campos de entrenamiento para niños-soldado. Estos sujetos con diploma, probablemente portadores de algún punzante trauma infantil, proyectan en sus manuales toda la necesidad de compasión que les tortura, confundiendo el aula con el gabinete del pediatra y la disciplina con el fascismo. Si se les grita a la cara la palabra: "¡esfuerzo!", se ovillan sobre sí mismos y rompen a llorar como magdalenas.

Yo no digo que haya que volver al reglazo en las uñas; me conformaría con que los nenes bajaran de la tarima y se la cedieran al maestro. Si el crepúsculo de la autoridad en la educación se consuma, viviremos, no la conjura de los necios, sino la de los listos, porque los necios serán los dictadores. Nuestros nietos acabarán encarcelando a los que lleven gafas, como los jemeres rojos, por presunción de inteligencia.

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