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04/09/2007 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Pablo Sagastibelza

En estos días, gracias a los medios hemos asistido casi en directo a la muerte de personas conocidas para la mayoría: Antonio Puerta, futbolista, Francisco Umbral y José Luis de Vilallonga, escritores. Aunque sea por medio de la imagen o las palabras, la presencia cercana de la muerte siempre sobrecoge. No por anunciada deja de impactar en la sensibilidad del alma. Mucho más si se trata de algo repentino y, en cierto modo, impensable, trágico.

Cada uno de esos hombres tuvo un tiempo para vivir. Al contraste del fallecimiento, sus vidas adquieren un relieve nuevo, y se acentúa la certeza de que son insustituibles, no por famosos sino por el sencillo hecho de haber existido. En el fondo, sabemos que nadie podrá volver a ser Puerta, Umbral o Vilallonga. Quizá haya quienes se les parezcan, pero no serán ellos. Han dejado de existir, y nunca regresarán.

Al hilo de estas reflexiones, contemplando las fotos de infancia y juventud de unos y otros, pienso que a nadie se le ocurrirá poner en duda que el Puerta de diez años, o el Umbral de treinta son distintos del Puerta o Umbral de los últimos días. ¿Cómo sería el nacimiento de Vilallonga allá por 1920? ¿Se imaginan ustedes el momento del parto de Umbral? Puerta, Umbral, Vilallonga, con forma de niño ya estaban allí, los mismos que luego serían famosos por motivos muy variados, y a los que también llegó el momento de la muerte. ¿Quién puede dudar -excepto los locos- que los tres eran plenamente ellos cuando sus madres estaban dando a luz? ¿Es posible afirmar con seriedad que el Umbral que comenzaba a aprender el abecedario era esencialmente distinto del que ganó el Premio Cervantes? ¿Y quién puede dudar de que también eran ellos mismos pocos días -o meses- antes del alumbramiento? Parece que las personas somos nosotros mismos desde el primer momento de la vida hasta el último, seres únicos, insustituibles, irrepetibles, independientemente de la carrera profesional que cada uno desarrolle, la educación recibida, las personas con las que nos cruzamos.

Desgraciadamente, otra noticia sobrecogedora nos llega de Italia: un aborto selectivo, un asesinato selectivo, acabó con la vida del feto "sano" y dejó al feto "defectuoso" -con Síndrome de Down- vivo. ¿Lo habrán matado después? Eso no lo sabemos, quizá no interese que lo sepamos. Si el feto muerto no es persona ¿por qué tanto alboroto? Si es persona, ¿por qué rasgarnos las vestiduras con este caso y no con los cientos de miles de abortos que sólo aparecen en las estadísticas? ¿Cómo es posible llegar a una incoherencia tan feroz? ¿No hemos quedado en que cada uno es insustituible e irrepetible? ¿No tenemos un valor enorme por el mero hecho de existir? ¿A cuántos Puertas, Umbrales o Vilallongas hemos matado antes de que pudieran empezar a vivir?

Conste además que yo tengo un hermano Down. La pareja italiana que quiso matar a su hijo indefenso por esa circunstancia cometió una aberración de las peores que pueden darse sobre la faz de la tierra.

Las hienas, esos animales carroñeros, poco agraciados en su aspecto y en sus costumbres, a veces se comen a sus propios cachorros. El hombre, a pesar de tantas evidencias, también es capaz de matar a sus propios hijos, con el agravante de que sabe lo que hace, e intenta ocultarlo a su conciencia por todos los medios posibles. Nadie duda de que Puerta era Antonio justo cuando su madre dio a luz y cuando las ecografías mostraban sus atributos; nadie duda de que Umbral era Francisco cuando pateaba el vientre materno; nadie duda, pero muchos callan cuando centenares de miles de niños son masacrados por unos padres egoístas. Al menos, las hienas no saben lo que hacen. A veces, el hombre es peor que las hienas.

Descansen en paz Antonio, Francisco y José Luis, que tuvieron la enorme suerte de que sus padres les dejaran vivir, y nos dieron -cada uno a su modo- lecciones de cómo se debe aprovechar el tiempo que tenemos.

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