Línea mortal

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Mi teléfono dejó inesperadamente de funcionar. Un periodista sin teléfono es como un camarero sin bandeja, por lo que me apresuro a llamar para que me aclaren qué recibos no he pagado (la vida de un periodista es dura). Un rápido vistazo a la ventana revela que la calle está agujereada, como todo Madrid, por lo que un pico podría haber alcanzado el cable telefónico. Me contesta una voz pregrabada que me avisa de que marque el “número completo con nueve cifras del teléfono para el que voy a solicitar la gestión". Mientras lo estoy marcando, la voz sigue hablando sin esperar a que termine. Ahora, me invita a describir "el motivo de la llamada". Con una sensación de estar hablando solo le confieso al contestador que "Mi teléfono ha muerto". ¿Servirá esto para algo? Al rato, se me avisa de que me atenderá un operador. ¿No sería más fácil que me hubiera atendido desde el primer momento?

Una amable señorita me contesta, por fin. Le explico que mi teléfono no se oye y le dicto mis datos. La respuesta no puede ser más sorprendente. "Señor Sánchez, su teléfono ha sido dado de baja. Usted mismo nos ha llamado para pedirnos que le anuláramos la línea hace quince días", explica  sin darse cuenta de que si eso fuera verdad, posiblemente me acordaría. En este tipo de momentos de la vida, uno se plantea seriamente si sufre de amnesia al estilo Memento. ¿Es posible haber bebido alcohol hasta el punto de no recordar una llamada así? ¿Puede ser que un lector de El Distrito, disconforme con mis opiniones, haya decidido perseguirme en plan película de Hitchcock o arruinarme la vida? Cuando al fin recuperé el habla, traté de explicarle que se trataba de un error. Mi interlocutora me pide que espere. Durante quince minutos escucho una y otra vez el mismo tema musical. Si van a tardar tanto en atender a la gente, sería más lógico que pusieran discos enteros, o retransmisiones de partidos de fútbol. Al cabo, resuena la voz de la misma señorita que me pide perdón. "Efectivamente, se trata de un fallo. Pero tiene usted que comprenderlo. Un tipo pidió que le diéramos de baja. Resulta que tiene el mismo número que usted, pero en lugar de un 3 tiene un 8 y en nuestro ordenador no se distinguen bien ambas cifras. Y encima, vive en la misma calle que usted", se justifica. "¿Y se llama exactamente como yo? ¿Es un clon?", le pregunto atónito ante tamaña ineptitud. "No se preocupe", afirma la empleada. "Está todo bajo control. Le va a llegar un recibo de treinta euros, pero nos lo reclama y en paz. Además, en breve le volveremos a dar de alta el teléfono, sin coste adicional". Sólo faltaría. O sea, que no me van a hacer un descuento por el tiempo que mi teléfono no ha estado operativo. "¿Y qué significa exactamente que me volverán a dar de alta en breve?", pregunto al borde de la depresión. "Tardará unos días". ¿Qué ocurre? ¿Cuando te quitan el teléfono desmontan todos los cables que van hasta las casas y luego los tienen que volver a poner?

Así las cosas, se entiende que las gestiones de Telefónica se hagan por teléfono, en lugar de que exista una oficina de atención al cliente, como en una empresa normal. Uno deduce que en tiempos hubo una oficina, que fue arrasada y quemada por una turba de clientes enfervorecidos. Uy, quizás no quise decir Telefónica, pero es que a veces confundo teclas de mi ordenador.

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