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19/12/2013 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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José María Gil Tamayo.
Lo que no perdono a Gil Tamayo

José María Gil Tamayo (Zalamea de la Serena, 1955) ha sido elegido por abrumadora mayoría como Secretario General de los obispos españoles. Puesto ciertamente importante, tanto más por cuanto señala un cambio de generación en la jerarquía católica de nuestro país. Muchos dicen que en la línea de la nueva imagen proyectada desde Roma, que no es ni mejor ni peor que las anteriores, sino simplemente distinta.

Conozco a José María desde hace casi 25 años, que no es poco. Compartimos pupitre en las aulas de la Universidad y pude comprobar como testigo privilegiado sus buenas cualidades intelectuales y disciplina para el estudio. Sobre todo le gustaba la Historia, y era bueno. También la teoría de la información, que a posteriori desarrolló ampliamente a lo largo de su andadura profesional. Gil Tamayo es un excelente comunicador y hombre dotado culturalmente. Desde aquellos años quedó de manifiesto que sabía tratar con todos, fueran de la tendencia que fueran.

José María ha colaborado conmigo en el desarrollo de programas de comunicación en El Salvador, como profesor visitante de la Universidad Católica de ese país y asesor en comunicación de los obispos salvadoreños. Puedo decir que enviar a José María a ese país en nombre de mi Fundación ha sido una de las acciones que más prestigio nos ha dado. Además, nunca he dejado de ser invitado a las actividades profesionales que él ha organizado desde la Conferencia Episcopal, y hemos podido charlar múltiples veces sobre la comunicación en la Iglesia.

Sus puertas siempre han estado abiertas para conmigo, físicas, mentales y afectivas, hasta las de un pequeño apartamento cerca de la calle Añastro que usaba como dormitorio, donde hemos podido catar algunas de las buenas viandas de su tierra natal. Por lo demás, conocemos bien el VIPS de Arturo Soria, nuestro refugio para charlar de lo divino y lo humano. Incluso, en una ocasión, de paso hacia otro lugar, me invitó a conocer a su anciana madre en Zalamea, cosa que hice de mil amores dedicando todo el tiempo que merecía el momento. Lo hemos pasado bien.

Sólo una cosa no perdono a Gil Tamayo, que no es baladí y que empaña su designación para uno de los puestos eclesiásticos más importantes e influyentes en este país: que no haya cumplido su palabra. En repetidas ocasiones prometió que me llevaría de excursión a descansar por su Extremadura querida, a la dehesa extremeña o, cuando menos, a un recoleto rincón conocido por él de la sierra madrileña. Nunca lo hizo. Aún espero que esas promesas se cumplan. Ahora que en Roma se ponen nuevos acentos seguro que las cosas cambian y José María cumple su palabra.

psagastibelza@gmail.com









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