Madrid, ese poblachón

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Chulapas de clavel y naftalina castiza suben la calle Montera mezclándose con las meretrices que, carmín al morro, escote al viento y muslo apretado, ofrecen lunas de miel de urgencia y amores eternos de media hora entre turistas que bajan desde la Gran Vía hacia una Puerta del Sol llena de vida, de chaperos y carteristas, de japoneses ligeramente acojonados mientras esquivan vendeoros y manteros, de tatuadoras morbosas con flequillos lacios, piel pálida y sexo misterioso que como bellas Rimbaud han salido del poema para fumar un cigarro de picadura.

Madrid aún huele a lumpen umbraliano, a orines y pensión rancia de la calle Fuencarral, a paleto con ínfulas y a fascista escondido, a cañita y café con porras, a poetas con hambre y loterías perdidas, a banderillero frustrado y funcionario aburrido, a sudor seco y bocadillo de calamares, a sótanos con flamenco y amores prohibidos. Madrid es un poblachón maravilloso que saca de las penumbras, cada nueve de noviembre, a su Almudena para que las beatas le griten guapa como si fueran andaluzas.

Es este el Madrid simultáneo y bullente que hoy se me ha chocado en mis callejeos, ese Madrid que miro con curiosidad y desfachatez de miope, el que escribo en el Café Central haciéndome el despistado mientras espío a todo el mundo y bebo a pequeños sorbos mi ginebra; mientras me contengo para no levantarme y acariciar el piano, con esa tapa de madera lujuriosa como la espalda de una pin-up; mientras pido más cacahuetes y entra y sale mil veces Gonzalo Torrente Malvido -hijo de Torrente Ballester al que el Word insiste en cambiarle automáticamente el apellido, con cierta mala leche, por Malvado-; mientras leo los periódicos -El Central es de los poquísimos locales que en Madrid tiene La Vanguardia- y me entero de que, aunque poblachón, por aquí andaba estos días Barbra Streisand paseando descalza por las inmediaciones del Museo del Prado y que la MTV ha montado un sarao con mucho meneo, ombligo y muslamen. ¿Habrá pedido orden de alejamiento Hannah Montana para Sánchez Dragó, al que le están dando en la misma dragonera por viejo verde y viagrero?, dicen. Resumiendo: nada de delito, poco de literatura, mucho de farol y más de instrumentación política.

Suena Tete Montoliu y yo me pido otro gin-tonic. Me encanta leer borracho las esquelas del ABC y desarrollar mi doble teoría: por un lado, la de la inmortalidad de los García. Ni uno se muere, oiga, según las estampitas del periódico; y por otro que con cuatro apellidos la mortalidad se dispara.

 

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