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21/01/2013 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Un maletín en lo alto de una silla...

Que, a su vez, coronaba un pequeño montículo de escombros en un punto limpio de Madrid. El maletín era de plástico, rígido, tipo años 80, sin valor material alguno. La silla era blanca de plástico malo. Los escombros eran escombros. La imagen se me quedó grabada a fuego hace unos días. Fue cuestión de segundos. Lanzar al aire el maletín, hacia la gran escombrera, con un rumbo giratorio loco y…, por cuestiones de azar, quedar enganchado en esa silla para reinar durante unos minutos silenciosos en aquel erial de vida.

Era el maletín de trabajo de mi padre (q.e.p.d.); el que usaba en sus viajes de científico por España y por el mundo promocionando y defendiendo las bondades y utilidades de la energía nuclear. Portó papeles valiosos y, sobre todo, el orgullo y el ímpetu de toda una vida entregada a la ciencia física.
Antes de partir hacia la destrucción total el maletín compartía trastero con separatas de artículos publicados en revistas científicas, con informes sobre diversos sucedidos de la vida nuclear española o extranjera –algunos de ellos muy serios-, fotografías de Congresos y conferencias, listas de eminencias nucleares, etc., etc… el resumen de una vida profesional intensa.

¿Qué es lo que queda de todo ello? El recuerdo de unos pocos, que se irá perdiendo rápido en el túnel del tiempo; algún rastro en hemerotecas especializadas y, por lo tanto, efímeras en su interés científico; fotografías que ya palidecen desde hace años; y… el digno portante de tanto trabajo, un maletín que nada entre los escombros de un punto limpio. Nada o prácticamente nada es lo que queda. Sólo algunos de entre muchos cientos de millones consiguen pasar a la Historia, pero ¿realmente sirve de mucho esto? ¿Es lo que nos gustaría de verdad?

Pienso que no. El resumen de nuestras vidas no podemos valorarlo por lo que queda para el recuerdo o la memoria colectiva. Ni siquiera para el de personas cercanas, con las que hemos vivido y nos hemos relacionado con intensidad. El valor de nuestra vida lo podemos medir si pesa en ella la moneda de la felicidad. Es indiferente dónde vivamos o en qué trabajemos. Lo que marca nuestra vida con un sello intransferible y pleno es si encontramos en ella trazas de felicidad: cuanta más felicidad más plena es.

¿Y cómo encuentro la felicidad?, o más bien ¿qué es la felicidad? Buenas preguntas, que requieren muchos buenos artículos para ser contestadas.

psagastibelza@gmail.com









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