Milongas mediáticas

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Desde hace años, sobre todo a lo largo de los meses estivales, observo una proliferación de noticias “científicas” relacionadas con cuestiones que, supuestamente, ocurrieron hace millones de años, de las que ahora empezamos a descifrar su sentido. Yo lo achacaba a la falta de noticias en verano y a la obligación en consecuencia de encontrar temas para llenar las páginas de los periódicos, o el tiempo de los telediarios. Este tipo de noticias competía a brazo partido con otras del ciberespacio, a miles de millones de años luz. Por supuesto, nadie se molesta en dar seguimiento a tales, y al minuto de haber sido leídas o escuchadas se olvidan. Milongas mediáticas lanzadas por algunos “estudiosos” que saben medir bien los tiempos para publicar sesudos estudios científicos. Lo importante es que sean lo suficientemente lejanas en el tiempo, por delante o por detrás, para que nadie quiera quedar como un bobo al ponerlas en duda. Mi preocupación aumenta porque esas cuestiones van copando espacio en los medios en cualquier época del año. Valgan como ejemplo algunos titulares del pasado mes de abril: “La unión de cambio climático y caza provocó la extinción de los mamuts”, “El asteroide que arrasó Sodoma y Gomorra”, “Los primeros humanos remataron a los mamuts”, “Los antepasados del elefante”… Todos ellos bajo epígrafes grandilocuentes de ciencia o investigación, que dan por sentadas demostraciones infalibles con una duración de días o meses, hasta que el siguiente grupo de científicos afirma lo contrario. Resulta que todo lo relacionado con ciencia a la fuerza tiene que ser de hace millones de años o con una proyección de siglos…, a ver quién es el guapo que se atreve a contradecir o matizar semejantes verdades científicas (“no hay estudios probatorios tan claros como el que nos ocupa”). El pobre mamut fue perseguido por los terribles humanos de hace 21.000 años (este dato varía según el texto que se lea… en miles de años) hasta que acabaron con ellos. Según parece, los persiguieron hasta Siberia, nada más y nada menos, lugar donde ni siquiera hoy se atreven a vivir nada más que un puñado de valientes. Como para que cinco pobres criaturas vestidas con trajes elementales se adentraran en los hielos para perseguir bichos cien veces mayores que ellos. Eso sí, por si acaso la duda sobre los medios tecnológicos de nuestros antepasados hiciera mella en los lectores, el cacareado cambio climático (siempre queda bien traerlo a colación) parece que también contribuyó al gran desastre de la extinción de los mamuts. Y con todo, si algún lector no queda convencido de la maldad humana, conviene dar a los artículos citados algún retoque redaccional como el siguiente: “Así lo afirma (…) un grupo de científicos (…) que analizaron los datos isotópicos de unas dentaduras de 37 millones de años, provenientes de las extinguidas familias de los moeritéridos y baritéridos, pertenecientes a los proboscídeos…”, y citar la fuente en inglés y con rimbombantes siglas. Al menos, algunos son honrados y dicen que semejante palabrería se compone de hipótesis. Lo malo es que no pocos hablan de demostraciones contrastadas. Bueno sería que alguien se dedicara a tirar de hemeroteca comenzando desde finales del diecinueve y comparara lo escrito por unos y otros. Me parece que muchos estudiosos iban a quedar en evidencia y tendrían que retirarse a sus cuarteles de invierno una temporada. No me extiendo en lo del asteroide que arrasó Sodoma y Gomorra, pero creánme que merece la pena divertirse un rato con este asunto. A partir de una tablilla de arcilla datan la destrucción de las ciudades el 29 de junio del año 3123 antes de Cristo. Ahí es nada. “Esto es un gran avance -afirma el director del estudio- y las piezas que hemos encontrado encajan tan bien que creo que tenemos la prueba definitiva”. Lástima que el impacto del meteorito fuera en los Alpes austriacos, como ellos mismos afirman, un poco más lejos de Sodoma y Gomorra. Pero, ¡ojo!, quizá fue lo que acabó con los mamuts.

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