Montilla, político al despiste

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La distancia existente entre los políticos y el pueblo, al que en teoría deben representar, es todo un abismo en el que se tienden falsos puentes cuando es época de elecciones por aquello del trámite del voto: esa floja legitimación democrática en la que se amparan para manejar el país como un ranchito. No nos engañemos, vota el pueblo, pero somos los tontos necesarios, ni siquiera los tontos útiles. “La soberanía reside en el pueblo español del que emanan etc., etc…”, dice la Constitución; pero a quién se vota si no es a un par de candidatos salidos de la ‘dedocracia’ y de oscuros intereses.

En Cataluña se nos muestra esa disfunción, paradójicamente, de la manera más española posible bajo el guión de un Esperpento. Ay, ese cordobés que persiguiendo todos los anzuelos con carnaza de corto plazo, de esos que prometen carguitos, se subió en AVE a Madrid para vender como ministro las maravillas de un cementerio nuclear del que ahora reniega, pues le toca de cerca y sobre todo le quita votos; para llegar a president no sin antes pasarse por el callejón del Gato y tomarse unas patatas bravas con fórmula secreta mientras, oh transformación, se convirtió en Don Latino.

Montilla derrocha capacidad de adaptación a unos ideales y a los contrarios sobrepasando lo bipolar y quizá lo esquizoide. Mal aprende catalán, obligando al resto a estudiar en él mientras sus hijos lo hacen en alemán. Nadie parece haberle explicado que su empatía pasó también por los espejos deformantes inmortalizados por Valle-Inclán en Luces de Bohemia, convirtiéndolo en algo similar a lo que hacía Ozores mientras actúa farfullando “bona nits”. Sólo él, Mortadelo y el mago Ibáñez saben el secreto de llevar encima, sin que se note, un infinito armario de disfraces y chaquetas para intercambiarse en las cabinas que dejó vacías Superman.

Montilla, como la mayoría de los políticos, se cree el rey del mambo y, aliándose con el mesiánico Carod-Rovira, fuerza injerencias en el poder judicial, modificaciones legislativas laberínticas y llama a la insumisión frente al Tribunal Constitucional e ¿indirectamente? contra la Constitución.

La Democracia es algo que está por encima de una ideología más conservadora o liberal, más nacionalista, independentista o centralista. Dos columnas a dinamitar: División de poderes y Estado de Derecho como marco de actuación, definen al personaje.

Ad latere: Si buscan ustedes en la hemeroteca de La Vanguardia, encontraran viejos artículos de cuando en dictadura se multaba por rotular en catalán. Mismo perro, distinto collar… Pretenden…
 

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