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17/12/2007 - Jorge Bustos Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El pueblo que protagonizó la Transición
Jorge Bustos

España está crispada, dicen los medios de comunicación. Aseguran que la crispan los políticos con su estrategia sistemática de confrontación partidista. Pero esto no es del todo exacto. Lo es en Cataluña, País Vasco, Galicia y otras comunidades de sedicente abolengo histórico y exclusivo, donde la clase política se lucra de inventar problemas identitarios mientras las infraestructuras y la educación regresan a estadios tribales de la civilización. ¿Qué lehendakari o conseller va a ponerse a hacer carreteras cuando puede gastar el dinero en confeccionar diccionarios de etimologías vernaculares que lo eleven a uno de gestor eficiente a padre de la patria? Sin embargo, en el resto de España la crispación, cree uno, nace de la psicología ciudadana. Nace del hecho de que buena parte de los españoles carece de cultura democrática. No es que esto se silencie, es que se ha repetido tanto lo contrario que la gente ha acabado creyéndose su falso prestigio de ciudadanía activa en la fundación de la democracia. Pero no: en España no han arraigado nunca las nociones de legalidad, de bien común ni de respeto, y esto es tan patético como incontrovertible. Se nos llena la boca celebrando la Transición, pero la Transición fue un acuerdo de arriba hacia abajo, impuesto por una elite medianamente cultivada a una sociedad tan individualista e interesada como en tiempos del Lazarillo. El Rey alaba el protagonismo del pueblo español en el advenimiento de la democracia, pero se trata de una cortesía publicitaria y terapéutica. Pueblo valeroso, audacia reformadora, ansias infinitas de libertad… quiá, todo mentira. Si fuera cierto, Franco no hubiera muerto en la cama sino más o menos guillotinado, pero no pudo serlo porque el régimen en sus dos últimos decenios era suficientemente soportable para la mayoría de españoles, así que no había motivo para rebelión ninguna, sino para eso tan español de seguir cada cual a la suyo y a ver qué pasa. Lo que pasó más bien, o eso me parece, es que la clase media española que se fue formando en los dos últimos decenios del régimen franquista se dejó llevar hacia la democracia que le proponían los buenos políticos de entonces porque no había nada mejor que hacer, porque era lo que tocaba y no parecía malo. No conquistó la libertad, porque para ser una dictadura había bastante y porque la sexual, la de prensa y la de partidos se la dieron tras morir Franco. Y cuando no se conquista algo, luego no se disfruta bien; y tampoco se entiende lo que se ha conquistado.

Quizá todo esto suene excesivo. No me lo pareció cuando salí el otro día de cubrir para este periódico un simple pleno de distrito, devenido en corral de comedia. No por los concejales y vocales que debaten en la mesa -algunos de ellos atesoran dotes argumentativas muy inferiores a las de un rapero de Harlem- sino por los demócratas ciudadanos que jalean, balan, palmotean, ululan y prorrumpen en todo género de onomatopeyas según el color político del que tenga la palabra. Un breve repaso a las fisonomías que hemos encontrado en diversos patios de butacas de diversos salones de plenos madrileños nos confirman en la reflexión anterior: hay una abrumadora mayoría que ronda los 60 años. O sea, la generación que pretende haber protagonizado la madura Transición.

No soy de los que piensan que el pataleo deba desterrarse de las cámaras institucionales. Si hay pataleo, hay pasión, y si hay pasión no hay indiferencia, aliada imprescindible de la corrupción gubernamental. Lo que critico es el resorte psicológico que en los españoles de 60 años mueve al pataleo, y que no es más que el viejo rencor. El resentimiento. Hay fachas irrisorios, pero los que más ruido hacen son los que creen que vencieron a Franco y ahora se niegan a admitir que les gobierne el PP. O sea, gente que no se han creído la Transición porque en realidad no tuvieron que hacerla.

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