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17/02/2011 - Víctor Córcoba Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El mundo tiene que rebajar la tensión. Hay que aflojar la tirantez que cohabita  entre religiones y culturas, entre políticas y políticos, entre naciones y nacionalidades, entre mujeres y hombres, entre linajes y familias… Nos abrigan tal multitud de provocadores dispuestos a sembrar recelo, incertidumbre y división social, que deberíamos robustecer la verdad de lo que está sucediendo, con la investigación precisa. Ya está bien que se justifique la injusticia o que nos dejemos engañar por la aparente realidad. Si es cierto que todas las religiones insertan en las culturas un mensaje de amor y hermandad, no se eclipse lo auténtico por una falsedad emocionante. Si es innegable que los servidores de la política cultivan el bien común y que la globalidad no entiende de naciones, ni de nacionalidades, sino de seres humanos, propiciemos que esta verdad se presente desnuda para reconocer a los violadores de la autenticidad. Si es incuestionable que mujeres y hombres, necesitan amor y cuidados verdaderos, descubramos a los charlatanes, que ni saben ni quieren entender de lenguajes del corazón. Cuando la malicia y falsedad concurren todo es posible, hasta ser un lobo para sí.

Con urgencia, creo que debemos contrarrestar esas fuerzas oscuras, generadoras de tensión y odio entre el presente y el pasado, entre la tradición y el futuro. Frente a estas contrariedades, nunca se puede cerrar el paso a la justicia. Es necesario ahondar en la conciencia de estar unidos por un mismo destino, que en última instancia es un destino común. Pero, sin duda, para que se produzca esa unidad, hace falta que se pueda conocer la verdad; evidencia que sólo tienen un camino: el que se pueda vivir en la verdad y se pueda abrazar esa verdad. Desde luego, todos estamos llamados a realizar una sociedad pacífica para vencer cualquier tensión entre culturas, etnias y mundos diversos, confluentes de una misma especie. Para alcanzarlo, cada familia, cada país, tiene que trabajar por avivar el genuino valor del ser humano. Hay que salir del miedo al encuentro del semejante, y hacerlo con naturalidad; si esto lo cultivásemos sin hipocresías ni complejos, no pondríamos tantos deslindes en el trayecto.

Por consiguiente, insisto, que para rebajar la tensión del mundo, primero hace falta querer hacerlo y después comprometerse uno a uno consigo mismo, para poder injertar quietud, sosiego, certeza, tranquilidad... Al fin y al cabo, la felicidad nos llega por la vía de no sentirse perdido. Ante las adversidades de la vida perennemente se ha pedido, ¡calma!, no en vano la mente se educa desde el reposo, jamás desde el enfrentamiento. El modo de resolver el problema casi siempre es fruto del encuentro inteligente. Está comprobado que la inteligencia y el sentido humano tira todos los muros y aplaca todos los vientos. Decididamente, si en verdad queremos un mundo sin tensión hay que ponerse manos a la obra, dejando hablar al corazón y que gobierne el alma del genio.

 









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