Rostropovich y la interpretación

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Ha muerto Rostropovich con el violonchelo clavado como una pica en los abusos del comunismo, que le llevó al exilio, en su querida Rusia. El huérfano Stradivarius Duport de 1711 en sus manos era lo más parecido a la voz del alma, si ésta tuviera voz, habiendo sido escuchado su canto vibrato hasta por el mismísimo Napoleón.

Escribo mientras suena otro de los grandes chelistas del siglo: Pau Casals, atacando un andante un poco mosso de Schubert; y mientras veo algunas fotos en las que aparece con un terrible Solzhenitsin, al que se le ha quedado cara de profeta Isaías después de habernos mostrado las atrocidades de los gulags. Fotos con Shostakovich, el compositor del siglo XX por mostrar mejor que nadie en su obra lo que el siglo significó para la humanidad: la devastación y nuestra locura. Fotos con la Reina Sofía, que hizo un viaje relámpago a Moscú para despedirse, estando más que en puertas el parto de Doña Leticia, y demostrando que tiene la debilidad de mejor gusto que se puede tener; siendo capaz, incluso, de hacer una escapada en un viaje oficial por Estados Unidos para acudir en Madrid a una lección magistral de su Slava, que agradecía su amistad dedicándole, siempre lo hacía, el romántico Concierto para violonchelo en si menor, opus 104, de Dvorák.

Ha muerto Rostropovich justo después de Boris Yeltsin, como murió Prokofiev después de Stalin, como una manera de compensar con algo excepcional el haber mandado a los cielos, un poco antes, a lo más impresentable de la humanidad: un Stalin asesino y un Yeltsin que apenas se puede entender que llegara a donde llegó desde la alcaldía de Moscú. Aún recuerdan en Córdoba su visita como alcalde y tiemblan, años después, las reservas de Montilla-Moriles de sus bodegas al oír su nombre.

Qué no se me cabreen los franceses por lo que voy a decir, pero entre las dos escuelas de interpretación en Europa no hay color. La fuerza y emoción de la llamada Escuela checa de influencia en todo el este no es comparable con la interpretación más plana y blanda promovida por nuestros lares. Independientemente de la calidad del músico, la diferencia entre, por ejemplo, violinistas italianos y franceses frente a polacos o rusos a la hora de leer la partitura, es totalmente palpable. Un Rostropovich francés nunca llegaría a donde ha llegado el ruso. Lo comento con Liébana y es rotundo: "por la misma razón que Baudelaire tiene más fuerza traducido al castellano que en francés, que queda un poco cursi…"

Otro caso, y sin desmerecer el proyecto de integración orquestal de palestinos e israelíes, de músicapor la Paz, es el de Barenboim. ¿Por qué interpreta un concierto clásico como si fuera romántico? ¿Por qué adorna una partitura de Mozart con arabescos que no le pegan? Un Mozart que debe interpretarse de forma pura, nota a nota, para que fluya la obra -que no es poco-. Quizá para dotarlo de más espectacularidad y enganchar a no adictos a la clásica en su orquesta mediática de tan idealistas fines -todo hay que decirlo-. Yo, por mi parte, lo clavaba a la silla para que se estuviera quieto. Simbólicamente, claro.

 

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