Semana Santa en Madrid

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El 1 de abril, Domingo de Ramos, la primavera incipiente luchará por zafarse de los fríos del invierno, que aún querrán retenerla bajo su gélido dominio. Los primeros brotes se estarán abriendo a una nueva vida. A las siete y media de la tarde caerá la luz sobre la fachada de la Basílica Pontificia de San Miguel. Miles de personas esperarán, abarrotadas, en un silencio que grita amor de Dios, la Estación de Penitencia de la Hermandad de los Estudiantes por las calles del viejo Madrid. Silencio total, en ese momento hasta los niños mirarán hacia la rampa en oración y sentimientos a flor de piel; quizá se oirá, se sentirá, una leve brisa como si el mismo Espíritu Santo hablara, susurrara a los fieles congregados en la calle San Justo; no cabrá un alma más, el Cristo de la Fe y del Perdón y Su Madre, María Inmaculada, Madre de la Iglesia, saldrán un año más a encontrase con todos sus hijos.

Dentro de la Basílica, pocos minutos antes, en la semioscuridad del Templo, los Pasos lucirán espléndidos con toda la candelería y hachones encendidos. La plata y la caoba lanzarán destellos tenues en contraste con el negro de las túnicas, como las luces contrastan en nuestras almas con la negación del amor. La Cofradía se habrá formado en silencio, los tramos en perfecto orden de salida, todos los Hermanos cubiertos y un silencio absoluto, sin duda es el silencio en el que se escucha a Dios. El Sr. Cardenal de Madrid rezará brevemente las oraciones preceptivas, y animará a vivir la Cofradía con intensidad. Entonces, con un leve crujido, los goznes de los portones girarán con un pequeñísimo quejido, y la luz irrumpirá en el Templo con fuerza, como la primavera rompe el invierno, con violencia, claridad maravillosa que rasga temores y angustias, y da calor a los corazones.

La cera sobre los adoquines será como un manto que va quedando, y que se ofrece a los pies de las Sagradas Imágenes; el incienso llenará el aire con su aroma de penitencia y cada una de las marchas procesionales se unirá a la oración fervorosa de tantos miles de almas en todo el recorrido: San Justo, plaza y calle del Cordón, plaza de la Villa, Ayuntamiento, Señores de Luzón, Iglesia de Santiago, calle Ramales, Lepanto, plaza de Oriente. La noche ya habrá caído sobre Madrid. Un año más será espléndida la estampa de los Pasos con la fachada del Palacio Real al fondo, junto al Teatro de la Ópera; las hojas de los árboles, que acabarán de nacer a la vida, querrán acariciar los varales del palio como si quisieran tocar a Nuestra Señora. Brillarán los bordados y la plata, y brillarán Sus ojos posándose con indecible amor en los hijos que la acompañan con amor, la llevan en sus hombros, piden mercedes bajo los antifaces o le cantan con saetas encendidas. Calle Carlos III, subida por la calle la Unión y vuelta al recorrido tradicional.

Al filo de las once y media de la noche muchos fieles esperarán la recogida de la Cofradía en la Calle Pastor. La Cruz de Guía, que encabeza la procesión, subirá la rampa despacio, muy despacio, como no queriendo subirla, con alegría, dolor y sosiego. Detrás de él lo harán nazarenos, mantillas y costaleros. Turiferarios y portanti. Monaguillos y aguadoras. Ciriales. Tintinábulo y Sinpecado. Oboe y tambor. Clarinete y fagot. Lirios, rosas, claveles. Esparto y seda, plata y madera. Sudor y cera. Amor. Llanto. Pasión. Silencio. La mano golpeará con fuerza el portón de la Basílica tres veces para que deje paso a quien no quiere entrar. La palma sonará hueca contra la madera, como sonaron huecas las tres negaciones de Pedro a Jesús. Propósitos de enmienda y renovación. La Estación de Penitencia se acabará y, tras el Himno Nacional, las puertas se cerrarán dando comienzo a la imponente Semana Santa en Madrid.

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