Veinte años más viejo

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Veinte años más viejo

Pandemia, teletrabajo y un verano entero en la esquina atlántica por primera vez en dos décadas.

Primero de septiembre: la vuelta a Madrid. Es hora de hacer recuento por aquello de pensar que hemos hecho algo más que dejarnos llevar por el letargo de estar al nivel del mar con una copa de vino en las manos.

Diego empezó a andar el 31 de julio. Decidió firmemente que no se perdía agosto arrastrándose por el suelo. Mi tía Alicia murió diez días después tratando de desahuciar a sus dos hermanas y sin conocer a su nieta de dos años.

He corroborado algo que ya intuía: mi familia es una mezcla entre la casa de Bernarda Alba sin Lorca y un Puerto Hurraco sin cojones. Hasta aquí, la familia, gracias.

Me entero de que va a cerrar el Filloa, el único club de Jazz de España: sólo se programa Jazz sin aditamentos de excusa peregrina. Repito: el único club de Jazz de España. Lo repito pues a nadie le parece importar. Al Filloa iba yo a primera hora y mi tío Cheché, el beatnik de la familia, a última. Nunca nos relacionaron y la cuenta de güisquis por pagar, de años, allí se quedó, cuando se abrió la cabeza en el baño de casa.

La Rúa Ciega, una pequeña calleja que sube desde San Andrés, perderá el último de sus bastiones tras ir desapareciendo Portobello, la tienda de discos que hacía honor a su nombre, y el Crápula, por culpa del incendio provocado por una nevera popera.

Pero comencemos el recuento: firmé en la Feria del Libro de A Coruña encerrado en una cabina como si la literatura hubiera llegado a Chernóbil.

Miré con pena al último del día, que me hizo el relevo, pues creo que la idea que tenían los de la organización era llevárselo encerrado, como a José Luís López Vázquez, al polígono de A Grela. Jodidas secuelas. También firmé en la de Rianxo donde compré más libros de los que vendí y saludé al poeta Manoel Antonio, aunque fuera en estatua. Y en la de Foz, donde no me dejaron tocar la guitarra para atraer a los incautos como el flautista de Hamelín.

El resto de actos fue todavía peor, como ese recital en el que iba a coincidir con Manuel Rivas en Corme y que se suspendió en vísperas por cuatro positivos en el pueblo. Sorprendentemente estaba anunciado en el Nueva Alcarria a bombo y platillo. Cosas veredes…

Pude leer poco y escribir menos. El objetivo de terminar la novela al hilo del hermano de mi abuelo, aviador republicano en la Guerra Civil, fue dinamitado al descubrir una caja con fotografías y cartas a sus padres y hermanas.

Habrá que darle una vuelta de tuerca a todo. Como me dijo Emma Pedreira, poeta profunda, lírica y salvaje “a memoria familiar recomponnos e danos un lugar no tempo e no espazo”; claro que lo contrario, la pérdida de la memoria familiar, no deja de ser como una segunda muerte y por eso habrá que seguir insistiendo.

Víctor Vásquez

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