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30/10/2009 - Juan Julián Elola Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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No, no me refiero a la Liga de Fútbol Profesional, que con sus ‘Cristianos Ronaldos’ y sus ‘Mesis’ lleva ya un par de meses en juego, alegrándonos o torturándonos los fines de semana. Me refiero a la otra liga, o mejor, a las otras ligas. A las de nuestros pequeños o no tan pequeños que, en fútbol  o en otros deportes, compiten con otros equipos. El fin, en estos equipos es muy distinto. Al menos el de los niños y niñas que, sin duda, lo hacen sobre todo por divertirse, por estar con sus amigos y por realizar una actividad que les gusta.

Como tantos de mi generación, yo también jugué en equipos de categorías inferiores durante muchos años. Como a tantos de mi generación, mis padres no fueron a verme nunca o casi nunca. Es una queja que todos hemos tenido más de una vez. Seguramente por eso es por lo que ahora mismo, semana tras semana, miles de padres de nuestra ciudad recorren los campos para ver jugar a sus hijos. Jugábamos estuviera el campo en las condiciones que estuviera, y aunque lloviera o nevase. Ahora, bajo nuestra tutela, las condiciones para que comience un partido tienen que ser casi óptimas.

Me asombra por eso la capacidad que tienen, tenemos, muchos padres para intentar convertir estos amistosos e intrascendentes partidos de fútbol en un tema mayor, de rivalidad y enfrentamientos. Más allá de esta actitud, los chicos y las chicas se dedican a jugar, que es a lo que van, en ocasiones con cierto tono de vergüenza por la intensidad con que ‘viven’ el partido sus padres. Incluso las madres, que también las hay. Es sorprendente la facilidad con la que podemos olvidarnos de que hemos ‘ido a ver a nuestro chaval’, para convertirnos en forofos que a lo que hemos ido es a ‘ver ganar a nuestro equipo’. Con esta actitud nos resulta fácil dejar a un lado la educación y las buenas maneras para entrar de lleno en el mundo ‘de los adultos’, sacando a primer plano la competitividad y la agresividad que, o bien forman parte de nuestra forma de relacionarnos con los demás diariamente, o bien mantenemos larvadas durante nuestra vida social diaria. Ese espíritu gregario, que nos hace ver al rival como enemigo y fuente de todos los males y a los nuestros como víctimas de mil conspiraciones. Y que nos permite asomar incluso la crueldad cuando el equipo humillado es el adversario. 

Es frecuente decir que conoces a una persona cuando le ves conducir en un atasco. Se supone que ahí, en condiciones adversas, sacamos nuestra verdadera forma de ser. Yo añadiría que también te puedes hacer una idea de su personalidad si le acompañas a un partido de sus hijos. Afortunadamente, en la mayoría de los casos la infancia sigue transcurriendo tranquila, sin hacerse mucho eco o reflejar estas actuaciones adultas. No me miréis mal, pero no solemos dar la talla como ejemplos de conducta para futuras generaciones. 

Si queréis tener una visión divertida, pero intensa, de estas veces en que los adultos dejamos salir ese monstruo que todos tenemos, por encima de las normas de civismo y las convenciones sociales, no dejéis de ver la obra de teatro Un Dios Salvaje, de Yazmina Reza, que aborda, precisamente, un hecho similar.

Diputado por Madrid en Las Cortes Generales
VIII Legislatura
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