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17/12/2007 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Algunos colegas periodistas, con tal de negar lo evidente, recurren a eufemismos que sacan los colores. ¿Alguno de ustedes se habría atrevido a llamar “presunta irregularidad" a la masacre cometida por Hitler o Stalin?

En estos días, un trabajo excelente de la Fiscalía ha destapado uno de los grandes horrores que se cometen hoy día en nuestro país: el aborto como negocio, la masacre de cientos de miles de niños que no pueden defenderse de una panda de desalmados.

Estamos hablando de matar fetos de hasta 35 semanas de gestación, es decir, fetos con una edad de siete u ocho meses. Y a esto, esos colegas de los que hablaba más arriba, lo llaman "presunta irregularidad" o "debate que produce fuerte discrepancia social".

La verdad es que no entiendo cómo semejante espectáculo puede producir ningún tipo de debate, excepto el de la pena que se debe imponer a esos personajillos que se dicen médicos, pero en realidad son matarifes, matarifes de bebés, que es el colmo. No es que hablemos de abusar sexualmente de ellos, que no es moco de pavo, sino de matarlos y echarlos al lavabo por un puñado de euros, aprovechándose muchas veces de la situación de extrema necesidad y angustia de las jóvenes madres.

Yo nací con siete meses. Sencillamente, si hubiera caído en las manos de Morín, hoy estaría muerto a saber por qué método. Pero hay más, ¿es que yo era esencialmente distinto cuando vi la luz por primera vez a los siete meses de cuando tenía dos o tres? ¿Era yo mismo o era sólo una parte de mi madre?

En estas semanas, tengo la suerte de contemplar a varios compañeros y compañeras de trabajo que esperan hijos o han tenido hace poco. ¿Alguno de ellos duda de que quien sale en la ecografía de las doce semanas es su hijo, su auténtico hijo, que tiene pies, manos, cabeza, columna vertebral? ¿Alguno duda de que quien está ahí es alguien distinto a su madre, aunque totalmente dependiente de ella? Y esto al margen de la situación económica de cada uno, de las sensaciones de la madre o de la presión social circundante. Todos y todas son perfectamente conscientes de que lo que llevan en su seno es un ser humano perfecto e individual.

Evidentemente el aborto es la interrupción voluntaria del embarazo, pero también es un asesinato o interrupción voluntaria de la vida de otra persona. Hay que dar todas las facilidades y toda la compañía necesaria a las mujeres violadas, pobres o depresivas que están embarazadas, pero lo que nunca se puede hacer es matar a un niño, tenga dos, tres o siete meses, como sabemos que se hace. Y tampoco se le puede llamar al asesinato y al lucro "presunta irregularidad". El debate sobre el aborto no es ideológico, como el debate sobre la masacre nazi tampoco lo es: es un debate sobre la vida o la muerte, y sobre lo que está antes o después de estas realidades no ideológicas, sino patentes. Si la libertad está antes que la vida, cualquier atentado contra la vida está justificado por el ejercicio de esa misma libertad, y no cabe acción de la justicia para condenar: valdrían el terrorismo, los homicidios, la violencia de género, las palizas, el aborto, los crímenes eugenésicos, las guerras…..; pero, si por el contrario, la vida está por encima de la libertad -también de la libertad de la madre- no se pueden justificar de ninguna manera los niños de seis meses echados por los desagües.

El problema no es la mayor o menor facilidad que las mujeres tengan para abortar en un lugar u otro. Eso es demagogia y eufemismo. Estas aberraciones tipo Dr. Morín no son casos dignos de estudio por deficiencias del sistema administrativo. Matar bebés es nauseabundo se haga con luz y taquígrafos con todas las bendiciones del Estado, o en la cutrería de un quirófano digno de plaza de toros de cuarta.

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